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CORDILLERA DE PALABRAS | La mente que no cabe en la caja

CORDILLERA DE PALABRAS | La mente que no cabe en la caja
CORDILLERA DE PALABRAS | La mente que no cabe en la caja

Cordillera de Palabras | Hay una escena que se repite en consultorios de todo el país: un niño inquieto, disperso, que no termina las tareas, que interrumpe, que se mueve demasiado. Los padres, agotados y preocupados, escuchan el diagnóstico con una mezcla de alivio y resignación. TDAH. Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad. Y con el diagnóstico, casi automáticamente, la receta.

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El alivio es comprensible. Tener un nombre para lo que pasa parece ordenar el caos. Pero ahí empieza el problema, porque la etiqueta que debería ser punto de partida se convierte en punto de llegada.

El niño deja de ser un niño difícil de entender y se convierte en un diagnóstico que hay que administrar. Y administrar, en la lógica del sistema de salud peruano, significa principalmente una pastilla.

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Lo que rara vez se discute es que muchos de esos rasgos que hoy etiquetamos como trastorno fueron, durante la mayor parte de la historia humana, ventajas de supervivencia.

Un estudio publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B, liderado por el doctor David Barack de la Universidad de Pensilvania, analizó el comportamiento de 457 adultos en tareas de búsqueda de recursos y encontró que los rasgos asociados al TDAH, hiperactividad, impulsividad, atención dispersa, resultaron más eficientes en entornos donde explorar era más útil que concentrarse en un solo punto.

CORDILLERA DE PALABRAS | La mente que no cabe en la caja
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La hipótesis del “cerebro cazador“, desarrollada con respaldo en genética de poblaciones y antropología biológica, sugiere que el alelo DRD4-7R, asociado a la búsqueda de novedades y presente con mayor frecuencia en personas con TDAH, fue objeto de selección positiva durante el Paleolítico Superior, cuando la expansión humana fuera de África requería exactamente ese perfil: inquieto, explorador, de decisión rápida.

No eran defectos de fábrica. Eran herramientas que el entorno moderno, con sus aulas quietas, sus horarios rígidos y las pantallas hipnóticas, convirtió en problema.

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Cordillera de Palabras: La plasticidad del cerebro y el entorno moderno

El cerebro humano no es una máquina con especificaciones fijas. La neurociencia lleva décadas documentando su plasticidad, esa capacidad de reorganizarse, adaptarse, crear nuevas conexiones en respuesta a la experiencia. Una mente hiperactiva no es una mente dañada.

Es una mente configurada diferente, que procesa el mundo con una intensidad que el entorno escolar promedio no sabe qué hacer con ella. La pregunta correcta no es cómo apagar esa intensidad, sino cómo encauzarla hacia algo útil.

Pero encauzar requiere tiempo, paciencia, recursos y formación docente que el Perú no tiene en cantidad suficiente. Medicar es más rápido, más barato y más conveniente para un sistema que necesita que los niños se sienten y no interrumpan.

La medicación tiene su lugar, nadie serio lo niega, hay casos donde es necesaria y cambia vidas. El problema es cuando se convierte en primera respuesta en vez de última, cuando la pastilla reemplaza la comprensión en vez de acompañarla.

Y el problema se extiende más allá de la infancia. La cultura del diagnóstico nos ha enseñado a buscar en el manual una explicación para cada incomodidad emocional. Ansiedad social, fobia, trastorno, síndrome.

Cada etiqueta trae su protocolo, su medicamento, su comunidad de apoyo en redes sociales donde la identidad se construye alrededor del padecimiento. No es que los trastornos no existan, existen y son reales y merecen atención.

Es que la etiqueta, cuando se convierte en identidad, puede volverse una trampa tan sólida como la condición misma. Como señala la neurociencia contemporánea al desplazar el foco desde la deficiencia individual hacia la desadaptación ambiental: el problema no siempre está en la mente, a veces está en el molde donde intentamos meterla.

Salud mental, diagnóstico y adaptación

Una persona que aprende a conocer su mente dispersa, a entender cuándo esa dispersión la perjudica y cuándo la beneficia, a desarrollar estrategias propias para navegar entornos que no están diseñados para ella, tiene herramientas para toda la vida.

Una persona que aprende que tiene TDAH y que por eso necesita medicación para funcionar tiene una explicación, pero no necesariamente las herramientas. La diferencia entre ambos enfoques no es menor, es la diferencia entre una mente que se conoce y una mente que espera que algo externo la regule.

La sociedad peruana tiene pendiente una conversación honesta sobre salud mental que vaya más allá de campañas de concientización y más allá también de la patologización masiva de la experiencia humana.

Una conversación que reconozca que hay mentes que sufren y necesitan ayuda real, y que esa ayuda no siempre viene en caja de medicina genérica. Que la plasticidad del cerebro es una noticia buena porque significa que nada está fijo en nuestro cerebro, que el aprendizaje y el entorno y la experiencia siguen moldeando la mente a cualquier edad.

Que antes de buscar el diagnóstico que explique por qué no encajamos preguntarse si el molde en el que intentamos encajar vale la pena.

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