Cordillera de Palabras | En 2023 Anthropic prometió algo que sonaba a compromiso de altura: si su tecnología cruzaba ciertos umbrales de peligro, la empresa se detendría. A comienzos de este año aflojó esa promesa, explicando que ya no pausaría nada si no tenía una ventaja competitiva significativa sobre sus rivales.
Anthropic y OpenAI han cambiado su discurso público, pasando de sostener que no podían frenar el desarrollo de la inteligencia artificial a solicitar pausas globales coordinadas. Este cambio de postura coincide con los preparativos de ambas compañías para salir a la bolsa en Wall Street. Las firmas enfrentan un alto consumo de efectivo en cómputo frente a las exigencias de rentabilidad que demandan los mercados públicos. El artículo señala que recurrir a la narrativa del peligro permite ganar tiempo ante los inversores mientras se gestionan sus estados financieros.
- Anthropic modificó sus promesas de autorregulación y luego propuso, junto con líderes de OpenAI, pausas globales en el desarrollo de la inteligencia artificial.
- El giro en la narrativa de las empresas coincide con la preparación confidencial de documentos para cotizar en el mercado bursátil.
- A pesar del crecimiento en las tasas de ingresos anualizados y valuaciones elevadas, las empresas continúan quemando grandes volúmenes de efectivo en capacidad de cómputo.
- El llamado a una pausa coordinada se compara con estrategias históricas donde actores de una industria buscan frenar la competencia o justificar resultados ante inversionistas.
- La dificultad de auditar y apagar la infraestructura de la inteligencia artificial hace que cualquier acuerdo de detención dependa de la buena fe de las partes involucradas.
Y en junio, la misma compañía que acababa de renunciar a frenarse a sí misma por decisión propia publicó un texto de su cofundador Jack Clark y de la directora de su instituto de investigación, Marina Favaro, pidiendo un mecanismo para pausar el desarrollo de la IA a nivel global.
Una semana después, Sam Altman y su científico jefe, Jakub Pachocki, hicieron circular un memo casi idéntico. El mensaje cambió de “no podemos parar” a “deberíamos parar todos juntos“ en cuestión de meses, y ese giro coincide, sin ninguna casualidad, con el momento exacto en que ambas empresas armaban su papeleo confidencial para salir a bolsa.
No digo que el peligro no sea real. Digo que el miedo, en esta industria, siempre ha tenido dueño y horario de oficina. Hasta hace un par de semanas la narrativa oficial era la contraria: la IA era tan poderosa, tan imposible de contener, que cada dólar invertido en ella iba a parar a manos de un agente casi mítico, capaz de todo.
Esa historia justificaba valuaciones de casi un billón de dólares y rondas de financiamiento del tamaño del PBI de un país mediano. Ahora que hay que mostrarle números a un mercado público, el mismo que exige ganancias, no promesas, la historia conveniente ya no es “somos invencibles” sino “somos tan peligrosos que necesitamos que nos frenen entre todos”.

Cordillera de Palabras | El miedo también tiene un precio
Es la misma jugada, contada al revés, y las dos versiones comparten algo: ambas evitan la pregunta de si el negocio, tal como está, da la plata que prometió.
Y ojo con la plata. Anthropic pasó de una tasa de ingresos anualizados de nueve mil millones de dólares a fines del año pasado a cuarenta y cuatro mil millones hacia mayo, mientras su valuación de referencia trepaba hasta los novecientos sesenta y cinco mil millones.
Ninguna empresa que multiplica así sus ingresos está mendigando plata: está quemando efectivo en cómputo más rápido de lo que puede mostrar ganancias, comprando tiempo frente a los accionistas antes de tocar la campana en Wall Street. Ese tiempo se compra con historias, y la del peligro sale más barata que la de enseñar números en azul.
Ya lo habíamos visto, con otro disfraz. Elon Musk firmó en 2023 una carta casi idéntica, pidiendo pausar seis meses el entrenamiento de sistemas más potentes que GPT-4, en un momento en que todavía competía de cerca con OpenAI, la empresa que ayudó a fundar y de la que después se apartó para montar la suya propia.
El libreto es viejo: cuando uno no puede ganar la carrera corriendo, pide que todos caminen. Las tabacaleras rivales hicieron algo parecido en los años cincuenta, coordinando estudios y campañas para instalar la duda sobre el vínculo entre el cigarrillo y el cáncer, mientras seguían vendiendo lo mismo puertas adentro.
No hace falta conspiración: basta con que a todos los jugadores les convenga, por un rato, la misma historia.
Follow the money
La diferencia con la Guerra Fría, que también supo usar el miedo permanente para ordenar mercados y presupuestos, es que un arsenal nuclear se puede contar, fotografiar desde un satélite y firmar en un tratado.
La IA no vive en ningún lugar en particular: corre en cualquier centro de datos con suficiente potencia y una conexión a internet, y esa conexión, fuera de las películas, nadie sabe apagarla. Eso hace que cualquier pausa “coordinada” dependa por completo de la buena fe de quienes ya se beneficiaron de no haberla tenido antes.
El peligro existe, y sería ingenuo negarlo solo porque a alguien le convenga señalarlo en este momento particular. Pero cuando tres competidores separados por años, rencores y demandas cruzadas terminan diciendo lo mismo justo cuando sus abogados preparan el prospecto para Wall Street, es, por lo menos, curioso.
Como bien enseña una lección fundamental del periodismo: si quieres encontrar responsables, follow the money. Y el dinero, esta vez, va directo a justificar a los inversionistas.
