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Víctor Apaza Quispe, el condenado a muerte que se convirtió en santo popular de La Apacheta en Arequipa

En el Cementerio General de La Apacheta, en Arequipa, existe una tumba que recibe flores, cartas, placas y ofrendas de personas que llegan para pedir favores. Allí descansan los restos de Víctor Apaza Quispe, un hombre que fue condenado a muerte por un homicidio y fusilado en 1971. Décadas después de su ejecución, su sepultura se convirtió en uno de los espacios de devoción popular más particulares de la ciudad. Sus visitantes le atribuyen milagros y recurren a él para pedir ayuda en asuntos relacionados con el trabajo, la salud, los estudios y la familia.

Víctor Apaza Quispe fue condenado a muerte y fusilado en 1971 tras ser hallado culpable del homicidio calificado de su conviviente en Arequipa. Décadas después de su ejecución en la prisión Siglo XX, sus restos descansan en el Cementerio General de La Apacheta, donde su tumba se convirtió en un espacio de devoción popular. Quienes acuden a su sepultura le atribuyen milagros y le solicitan favores vinculados a la salud, el trabajo, los estudios y la familia. Sin embargo, este culto pertenece estrictamente al ámbito de las creencias populares y no cuenta con el reconocimiento oficial de la Iglesia católica.

  • Víctor Apaza fue ejecutado por fusilamiento en septiembre de 1971 por el delito de homicidio calificado de Agustina Belisario Capacoyla.
  • Su caso quedó registrado como uno de los últimos episodios de aplicación de la pena de muerte por delito común en el Perú.
  • A pesar de los pedidos de clemencia realizados al entonces presidente Juan Velasco Alvarado, la sentencia judicial fue ejecutada.
  • Con el tiempo, su tumba en el Cementerio General de La Apacheta comenzó a recibir ofrendas y peticiones de creyentes que le atribuyen milagros.
  • La Iglesia católica no reconoce a Apaza como santo, manteniéndose su figura únicamente dentro de la religiosidad popular.
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Víctor Apaza Quispe nació en Arequipa en 1932. Según las reseñas históricas sobre su vida, durante su juventud se trasladó a Puno, donde trabajó como pastor, y posteriormente regresó a su ciudad natal. También realizó diferentes labores como trabajador y mantuvo una marcada vinculación con las prácticas religiosas.

La periodista Ana María Portugal, en su crónica Los extraños caminos de la santidad, describió algunos aspectos de su comportamiento religioso. Apaza acostumbraba participar en procesiones y cargar las andas de las imágenes. Su devoción también se reflejaba en las exigencias que imponía a sus familiares respecto a las prácticas de fe.

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Sin embargo, su vida cambió cuando fue involucrado en la muerte de su conviviente, Agustina Belisario Capacoyla, en 1969, en el distrito de La Joya, provincia de Arequipa.

Un proceso judicial que terminó con la pena de muerte

El caso llegó a las autoridades después de reportarse la desaparición de Agustina Belisario Capacoyla. Las investigaciones y el posterior proceso judicial determinaron la responsabilidad penal de Víctor Apaza por el delito de homicidio calificado.

El libro La pena de muerte en el Perú. Estudio histórico casuístico, publicado en 2020 por el Fondo Editorial del Poder Judicial y dirigido por José Luis Lecaros Cornejo, reconstruye este episodio mediante sentencias judiciales, publicaciones periodísticas y crónicas de la época.

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La documentación judicial identificó a Apaza como un hombre de 39 años, natural de Arequipa, vecino de La Joya, trabajador obrero y padre de tres hijos. El proceso concluyó con una condena a muerte emitida por el Segundo Tribunal Correccional de Arequipa en julio de 1971. Las publicaciones consultadas presentan una diferencia en la fecha exacta de la sentencia: una registra el 19 de julio y otra el 21 de julio de ese año.

Posteriormente, la Corte Suprema confirmó la condena mediante una resolución del 14 de septiembre de 1971.

Durante su permanencia en la prisión Siglo XX de Arequipa, Apaza mantuvo una conducta que llamó la atención de otros internos y del personal penitenciario. La reconstrucción del Poder Judicial señala que se mostraba tranquilo, mantenía un trato amable y había expresado arrepentimiento.

Su abogado defensor, César Villalba Treviños, realizó gestiones para intentar evitar la ejecución. También se solicitaron medidas de clemencia al entonces presidente de la República, Juan Velasco Alvarado, con el respaldo del capellán de la prisión. Sin embargo, los pedidos no prosperaron.

El 17 de septiembre de 1971, a las 4:35 de la madrugada, Víctor Apaza Quispe fue ejecutado por fusilamiento en la prisión Siglo XX. Tenía 39 años.

La prensa de la época recogió sus últimas palabras, posteriormente reproducidas en la investigación del Poder Judicial: «No he mentido. No he engañado. ¿Por qué me matan ahora? Yo nunca negué mi delito, dije la verdad».

Su ejecución causó conmoción en Arequipa y quedó registrada como uno de los últimos casos de aplicación de la pena de muerte por un delito común en el Perú.

De condenado a muerte a figura de veneración popular

Después de su ejecución, los restos de Víctor Apaza fueron trasladados al Cementerio General de La Apacheta, donde recibió sepultura en el cuartel San Hilarión, sección número 22.

Con el paso de los años, su tumba comenzó a recibir visitantes que dejaban flores, cartas, placas y diferentes ofrendas. La tradición oral empezó a atribuirle favores y milagros, lo que contribuyó a que su nombre se extendiera entre los creyentes.

Una de las historias recogidas en las investigaciones sobre esta devoción menciona a una mujer llamada Rebeca Valdivia, procedente de Moquegua, quien habría sido una de las primeras personas en atribuirle un favor concedido después de su muerte. Este relato forma parte de la tradición oral y no constituye un hecho comprobado documentalmente.

La antropóloga Juana Pillco Delgado estudió esta manifestación en su investigación Peticiones populares en el Cementerio La Apacheta de Arequipa. El caso de Víctor Apaza, publicada en diciembre de 2020 en la revista Puquina.

Su trabajo analiza cómo un hombre condenado por un delito grave llegó a convertirse en una figura de veneración para determinados sectores de la población. Entre las peticiones que los visitantes suelen realizar figuran solicitudes relacionadas con el empleo, la salud, los estudios y los problemas familiares o sentimentales.

Durante fechas como Semana Santa y el Día de Todos los Santos, su sepultura recibe a personas que acuden para dejar ofrendas y expresar sus pedidos.

¿Por qué lo llaman el santo de La Apacheta?

La denominación de «santo popular» responde a una expresión de religiosidad popular desarrollada alrededor de su tumba. Sus visitantes le atribuyen una capacidad de intercesión y mantienen prácticas de veneración que se transmiten mediante relatos y experiencias personales.

Sin embargo, existe una diferencia importante: la Iglesia católica no reconoce a Víctor Apaza Quispe como santo. Su veneración pertenece al ámbito de las creencias populares y no representa una canonización ni un reconocimiento religioso oficial.

La historia de Víctor Apaza reúne dos episodios que parecen contradictorios, pero que forman parte de la memoria social de Arequipa. Primero, un proceso judicial que terminó con su ejecución por homicidio calificado. Después, una tradición de devoción que convirtió su tumba en un lugar de peregrinación.

Hoy, en el Cementerio General de La Apacheta, su nombre continúa despertando curiosidad entre quienes conocen su historia y entre aquellos que llegan hasta su sepultura para dejar una petición. Su caso permanece como una de las manifestaciones más particulares de la religiosidad popular arequipeña.

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