¿Y Ahora Qué? | El Perú se encuentra nuevamente al borde de una segunda vuelta electoral marcada más por la incertidumbre y el desencanto que por la esperanza. Los dos candidatos que disputarán la presidencia han llegado a esta instancia en medio de fuertes cuestionamientos ciudadanos, acusaciones de irregularidades y un ambiente político que ha terminado por fracturar aún más la confianza de la población en las instituciones electorales.
El Perú se encamina a una segunda vuelta electoral marcada por un profundo desencanto ciudadano y un rechazo generalizado hacia los candidatos finalistas. La percepción de irregularidades durante la primera vuelta ha erosionado la confianza en instituciones como la ONPE y el JNE, que enfrentan críticas por la transparencia del proceso. Esta situación se agrava por una polarización social que ha desplazado el intercambio de propuestas por enfrentamientos emocionales y desconfianza. El escenario futuro es incierto, ya que el próximo gobernante carecerá de mayoría parlamentaria, lo que podría generar inestabilidad política similar a la del último quinquenio.
- Crisis de credibilidad en el sistema electoral peruano debido a cuestionamientos en el conteo de votos y falta de autocrítica institucional.
- Agotamiento político de la población, que percibe la elección como una obligación de elegir el mal mayor en lugar de votar por convicción.
- Fuerte polarización social que dificulta el debate sobre problemas críticos como la inseguridad, el costo de vida y la corrupción.
- Preocupación por la gobernabilidad ante la ausencia de una bancada mayoritaria para el futuro Poder Ejecutivo en el Congreso.
Muchos peruanos sienten que no eligieron realmente a quienes hoy aparecen como finalistas. En las calles, en los mercados, en los taxis y en las redes sociales se escucha la misma frase: “ninguno me representa”.
Y es que, con fraude, ayuda política, errores en el conteo o como quiera llamársele, la percepción de una parte importante de la ciudadanía es que los candidatos que pasaron a segunda vuelta no reflejan el verdadero sentir popular. Sin embargo, por mandato del sistema electoral y del Jurado Nacional de Elecciones, el país tendrá que escoger entre ellos.
Crisis de confianza en el sistema electoral
Lo más preocupante es que las denuncias e irregularidades reportadas durante la primera vuelta parecen no haber generado ninguna autocrítica en los organismos electorales. Tanto la Oficina Nacional de Procesos Electorales como el Jurado Nacional de Elecciones insisten en transmitir tranquilidad y garantizar que la segunda vuelta será “más transparente y organizada”.
Pero surge una pregunta inevitable: ¿Cómo puede recuperarse la confianza si son los mismos funcionarios, las mismas autoridades y prácticamente el mismo sistema el que dirigirá nuevamente el proceso?.

La desconfianza no nace de la nada. El lento conteo de votos, las actas observadas, las contradicciones en la información y la poca capacidad de respuesta frente a los cuestionamientos han dejado una sensación de improvisación que golpea directamente la credibilidad del sistema democrático.
Y cuando la gente deja de creer en sus instituciones electorales, lo que se erosiona no es solo una elección, sino la legitimidad misma del futuro gobierno.
Un país dividido y agotado políticamente
En este contexto, la polarización se ha vuelto insoportable. Conversar de política en cualquier reunión familiar, centro de trabajo o grupo de amigos es casi una receta segura para terminar discutiendo. Cada ciudadano cree tener la razón absoluta y considera al que piensa distinto como enemigo o ignorante.
El debate político ha dejado de ser intercambio de ideas para convertirse en enfrentamiento emocional. El país ya no discute propuestas; discute odios, miedos y desconfianzas. Y mientras la ciudadanía se consume en peleas políticas interminables, los grandes problemas nacionales siguen intactos.
La inseguridad avanza, el costo de vida golpea a millones de familias, las regiones continúan abandonadas y la corrupción parece haber echado raíces en casi todas las instituciones del Estado. Pero la campaña electoral ha reducido todo a una batalla entre bandos, como si el futuro del país dependiera únicamente de derrotar al adversario.
La tragedia de esta segunda vuelta no es solamente que los candidatos generen rechazo. Lo realmente grave es que millones de peruanos sienten que votarán obligados, resignados y sin esperanza. No elegirán convencidos, sino tratando de evitar lo que consideran “el mal mayor”. Esa no es una señal de fortaleza democrática, sino de profundo agotamiento político.
El Perú llega otra vez a una elección decisiva dividido, desconfiado y cansado. Y aunque el próximo presidente o presidenta resulte finalmente elegido en las urnas, el verdadero desafío empezará al día siguiente: reconstruir la confianza perdida en un país donde cada vez más ciudadanos sienten que la democracia ya no les pertenece.
Y eso será lo más difícil, la o el próximo gobernante no tendrán mayoría en el nuevo parlamento y eso lo hace peligroso, porque se podría repetir la pesadilla del último quinquenio gubernamental.
