¿Y Ahora Qué? | Desde hace años existe una frase que se ha convertido casi en un lugar común del discurso político: “el sur está olvidado”. La repiten candidatos en campaña, autoridades regionales cuando exigen más presupuesto y dirigentes sociales para justificar protestas. Sin embargo, como ocurre con muchas consignas, la realidad es mucho más compleja.
La noción de que el sur peruano se encuentra en un estado de olvido es cuestionada debido a la diversidad económica y productiva de sus regiones. Departamentos como Arequipa, Moquegua, Tacna y Cusco destacan por ser motores económicos impulsados por la minería, el comercio y el turismo. No obstante, el crecimiento económico no se ha traducido uniformemente en desarrollo debido a deficiencias en la gestión pública y la presencia de la corrupción. Regiones como Puno, Apurímac y Madre de Dios presentan brechas sociales más marcadas, lo que sugiere que el abandono estatal es focalizado en provincias específicas.
- Arequipa y Moquegua se posicionan entre las regiones más productivas del país gracias a la industria, los servicios y la gran minería.
- Tacna y Cusco mantienen economías dinámicas basadas en el comercio fronterizo, el turismo internacional y la actividad minera.
- La falta de desarrollo en infraestructura y servicios básicos responde principalmente a la deficiente gestión pública y la corrupción regional.
- Puno y Apurímac evidencian que el crecimiento económico no garantiza automáticamente la reducción de desigualdades sociales.
Hablar del “sur” como si fuera una sola realidad es un error. No es lo mismo analizar la situación económica de Arequipa que la de Puno; tampoco puede compararse Moquegua con Madre de Dios.
Cada región tiene una estructura productiva distinta, niveles diferentes de inversión pública y privada, así como indicadores económicos y sociales que obligan a realizar un análisis individual.
Si se observan las cifras del Producto Bruto Interno (PBI), queda claro que varias regiones del sur no solo están lejos de ser las más rezagadas del país, sino que constituyen algunos de sus principales motores económicos.
Arequipa posee una de las economías más importantes del Perú, sustentada en la minería, una industria consolidada, el comercio y un dinámico sector de servicios. Su aporte a la economía nacional la ubica entre las regiones más productivas, solo detrás de Lima.
Moquegua constituye otro caso revelador. Aunque su población es reducida y su PBI total no es de los más altos, registra uno de los mayores PBI per cápita del Perú gracias a la gran minería del cobre.
Tacna, por su parte, mantiene una economía dinámica impulsada por el comercio fronterizo, los servicios y la actividad minera, además de presentar indicadores de educación, salud e ingresos superiores al promedio nacional.

Cusco también forma parte de este grupo de regiones con una economía sólida. La combinación de minería, turismo internacional y comercio le ha permitido consolidarse como uno de los principales polos económicos del país.
Difícilmente podría afirmarse que una región con semejante capacidad para generar riqueza se encuentra completamente abandonada por el Estado. Lo que existe es la desidia de sus autoridades para llevar desarrollo a sus provincias.
Crecimiento económico no siempre significa desarrollo
Ello no significa que estas regiones no enfrenten problemas. Arequipa continúa soportando graves deficiencias en infraestructura vial, transporte urbano, seguridad ciudadana y ejecución de grandes proyectos.
Tacna sigue esperando soluciones estructurales para fortalecer su economía de frontera. Cusco reclama inversiones acordes con el enorme aporte económico que realiza al país. Pero esos problemas responden más a una deficiente gestión pública que a una ausencia absoluta de desarrollo económico. Además, el problema en todas estas regiones es la corrupción.
La realidad cambia cuando se observa a Puno, Apurímac o Madre de Dios. Puno mantiene un PBI relativamente bajo en comparación con otras regiones del sur y continúa registrando importantes brechas sociales pese a su potencial agrícola, ganadero, minero y turístico.
Mientras que Madre de Dios posee una economía pequeña, marcada por la minería aurífera y una biodiversidad extraordinaria que aún no logra traducirse en desarrollo sostenible. Apurímac representa un caso particular.
La llegada de grandes inversiones mineras ha impulsado un crecimiento económico importante; sin embargo, esa riqueza todavía no se refleja plenamente en mejores servicios públicos ni en una reducción significativa de las desigualdades. Es una demostración de que crecer económicamente no siempre significa desarrollarse.
Más que un sur olvidado, existen provincias olvidadas
Por ello, resulta simplista sostener que “el sur está olvidado”. Más preciso sería afirmar que existen regiones y provincias olvidadas, independientemente de su ubicación geográfica. Incluso dentro de Arequipa pueden encontrarse distritos con altos niveles de desarrollo junto a provincias que esperan desde hace décadas carreteras, hospitales o sistemas de agua potable.
Seguir repitiendo que “el sur está olvidado” puede ser un recurso político eficaz, pero no contribuye a comprender la verdadera realidad del país. Solo reconociendo que el sur es diverso y que sus problemas son distintos será posible construir políticas que respondan a las necesidades reales de cada región y no a discursos que, aunque populares, terminan ocultando más de lo que explican.
Además, el día que nuestros gobernantes, incluidos gobernadores y alcaldes, dejen de meter la mano al presupuesto, nuestra historia cambiará.
