Creo Que… | Desde que tengo memoria, siempre he disfrutado de los deliciosos platillos que mi madre nos ha preparado. Tiene una excelente sazón, y aunque algunas veces hemos comentado que, si hubiéramos puesto un restaurante, nuestra historia sería distinta.
El autor reflexiona sobre el valor emocional y cultural de la comida preparada en el hogar como una manifestación de afecto y generosidad. A través de un recorrido por diversas ciudades del Perú como Huancayo y Piura, se destaca la importancia de la gratitud ante los platos ofrecidos por familiares y anfitriones. La narrativa enfatiza la enseñanza materna de no rechazar nunca un alimento brindado con cariño, independientemente de las circunstancias o preferencias personales. El texto concluye con un llamado a las nuevas generaciones para valorar el esfuerzo de quienes cocinan, reconociendo que cada plato representa un gesto de amor.
- La crónica resalta la sazón y la disposición constante de las madres para alimentar tanto a sus hijos como a visitantes inesperados.
- Se relatan experiencias gastronómicas en diversas regiones del Perú y el extranjero, subrayando la diversidad de costumbres culinarias locales.
- El autor destaca la importancia de la gratitud y el respeto hacia quien ofrece alimento, basándose en las lecciones recibidas durante su vida de trotamundos.
- Se menciona el valor simbólico de platos tradicionales como el chuño frito y los caldos, vinculándolos directamente con el cuidado familiar.
Pero no se trata sobre lo que pasó o no. Lo esencial es que, como toda madre, siempre ha tenido algo para los visitantes inesperados y para sus hijos, ni se diga.
Los sabores que acompañan el camino
Cuando salí de casa, no puedo negar que extrañaba esos olores caseros, pero soy un “animal errante”, que donde llegaba probaba de todo (hasta lo prohibido, pero esa es otra historia). En plena época de terrorismo, arribé a Huancayo.
Domingo, hasta la iglesia cerrada. Caminamos y llegamos a una picantería. Nos sirvieron un plato de fierro enlozado blanco, una sopa rebosante con chuño negro y papas. Casi no termino. “Tiene que acabar, sino la doña, se anoja”. Comí hasta las flores del plato. Jejejeje.
Como buen errante, en Piura. Un viernes al filo de la medianoche, llegamos con los amigos de Correo al céntrico Club Grau, y pidieron cebiche y sudado de tramboyo (un pescado gordo como un gato). “¿Cómo voy a comer cebiche a la medianoche? Arequipeño de mierda, aquí se come cebiche a la hora que sea”. Nunca hubo mala digestión.
Y así, en mi vida de trotamundos, Tumbes, Cajamarca, Cusco, Puno, Tacna, Trujillo o en Quito (Ecuador), salvo Estados Unidos, donde el KFC o McDonald’s son lo mismo, siempre he agradecido y probado todo lo que me ofrecían.
Tengo buen diente, como me decía mi buen amigo Mario Pautrat, “te visto, pero no te alimento”. Y tuvo razón, jajaja. Y debo admitir que muchos platillos no siempre me agradaron, pero mi madre me enseñó que nadie te ofrece con el mismo cariño algo dos veces.

El verdadero ingrediente siempre fue el amor
Hoy, ya medio cansado y con una vida más tranquila, mi madre, con todos los años encima, pero igual cada vez que puede nos pregunta: “¿Qué quieres que te prepare, hijo?” Chuño frito, siempre respondo, porque muchas veces no valoramos cuando una madre nos ofrece un plato de comida.
Muchos somos mal agradecidos y la despreciamos o reclamamos: falta esto o aquello. Nunca lo hice, porque lejos entendí que la vida no siempre nos dice: quieres esto o aquello; a veces no hay nada que comer. Son los vericuetos de la azarosa existencia que vivimos.
Creo que siempre hay que ser un agradecido. Cada domingo, mi suegra nos invita un rebosante caldo o chupe. No reclamo nada. Es mi forma de agradecer por todo. Por los días lejanos vividos, donde a veces en medio de la soledad absoluta solo había bizcocho y gaseosa. Ni modo.
A mis hijos les digo: nunca desprecies un plato de comida, no solo de tu abuela, de nadie. Así no te guste. Uno nunca sabe cuándo no habrá qué comer.
Cuando mi madre nos daba el pan, repartía amor. Y ese amor y esa repartición siempre me han acompañado. Espero que siga así, hasta el final del final. Una sonrisa y un eterno provecho.
Y como escribió Jorge Luis Borges, “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento, el momento en que el hombre sabe para siempre quién es…” Hasta la próxima.
