Apunte Jurídico | El Perú parece haber ingresado, desde hace varios años, a una peligrosa normalidad política: “votar no por convicción, sino por el menos malo o por temor”. La segunda vuelta electoral vuelve a colocarnos frente a ese escenario donde gran parte del electorado no elige al mejor candidato, sino al que considera “menos riesgoso”. Es la democracia del descarte.
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Durante meses, sectores políticos insistieron en la tesis del fraude electoral. Sin embargo, aquella narrativa terminó desmoronándose bajo el peso de sus propias contradicciones.
Nunca pudieron responder con claridad quién ejecutó el supuesto fraude, cómo se organizó, dónde ocurrió o de qué manera se alteró sistemáticamente la voluntad popular.
Lo que existieron fueron irregularidades administrativas —algunas graves y merecedoras de investigación—, pero muy lejos de configurar una operación fraudulenta capaz de modificar un resultado electoral nacional.
La insistencia en sostener una tesis sin pruebas no solo debilitó a quienes la promovieron, sino que erosionó aún más la confianza ciudadana en las instituciones democráticas.
Y allí radica uno de los principales problemas del Perú contemporáneo: “la política ha dejado de construirse sobre evidencias y propuestas para instalarse peligrosamente en la emocionalidad, el miedo y la confrontación permanente”.

Apunte Jurídico: colapso de los partidos y la política del miedo
La actual segunda vuelta es también el reflejo de otro problema estructural: el colapso del sistema de partidos políticos. Más de treinta candidaturas presidenciales fragmentaron el voto nacional y produjeron un resultado previsible: candidatos que pasan al balotaje con porcentajes reducidos y una representación social limitada.
El país termina dividido entre opciones que difícilmente expresan la enorme diversidad política, cultural y económica del Perú.
En ese contexto, los candidatos tienen la obligación de comprender que ya no representan únicamente a su núcleo duro de simpatizantes. Gobernar exige ampliar consensos, moderar posiciones y construir confianza más allá de las trincheras ideológicas.
Un candidato que se aferra exclusivamente a su discurso de campaña, sin capacidad de rectificación o apertura, corre el riesgo de convertirse rápidamente en un factor de mayor polarización.
La democracia necesita líderes capaces de dialogar, no de imponer. Los extremos —de izquierda o de derecha— suelen compartir un mismo defecto: la incapacidad de reconocer matices. Ambos terminan convencidos de poseer la verdad absoluta y reducen la política a una lógica de enemigos. Allí desaparece la autocrítica, el consenso y la posibilidad de construir institucionalidad.
Gobernabilidad, estabilidad y señales democráticas
Por eso, la próxima elección no se definirá únicamente por ideologías, sino por percepciones de gobernabilidad. El candidato que logre transmitir mayor serenidad política, solvencia técnica y disposición al diálogo tendrá una ventaja decisiva. En sociedades polarizadas, el ciudadano promedio no busca héroes; busca estabilidad.
El antifujimorismo sigue siendo una fuerza política relevante, pero también lo es el temor que determinados sectores sienten frente a propuestas consideradas radicales o improvisadas. Esa tensión explica buena parte del actual escenario electoral. Nada está asegurado. Todo dependerá de quién logre reducir más miedos que despertarlos.
Los debates presidenciales, los equipos técnicos y la consistencia programática serán claves en las próximas semanas. Pero también será fundamental la capacidad de los candidatos para enviar señales políticas claras, como respeto al orden democrático, defensa de las libertades y responsabilidad económica. El país necesita menos consignas y más certezas.
Porque, al final, una elección presidencial no es un simple enfrentamiento electoral. Es la decisión sobre quién administrará nuestras instituciones, nuestra economía y nuestras posibilidades de convivencia democrática. Lo que está en juego no es solo el poder político, sino el futuro cotidiano de millones de personas.
Y quizá allí radique la verdadera tragedia peruana: “haber normalizado que, elección tras elección, terminemos votando con miedo en lugar de esperanza”.
