A Tinta Fría | Debo reconocer mi humanidad, que se ve revelada por mi debilidad en el amor. En algunos pocos libros he hablado sobre este sentimiento que persigue al alma, que la encadena. Me permito hablar sobre ello porque ¿Cuántas veces no me he visto encadenado?.
El autor reflexiona en su columna sobre su propia humanidad y la debilidad experimentada frente al amor, sentimiento que califica como una cadena para el alma. A partir de sus vivencias, plantea que el amor actúa como un veneno que consume internamente y descarta respuestas basadas en el absurdismo o la simple aceptación. Finalmente, discute nociones filosóficas de Sartre y concluye que cada persona constituye su propio infierno, por lo que la otredad amorística resulta ineficaz frente a las complejidades de la existencia.
- El texto aborda el amor como una experiencia dolorosa y destructiva comparable a un veneno.
- El autor cuestiona la validez de posturas filosóficas como el absurdismo de Camus para enfrentar los vacíos cotidianos.
- Se reflexiona sobre la frase de Sartre para concluir que cada individuo es, en el fondo, su propio infierno.
- Se sostiene que la otredad amorística y el reconocimiento del otro solo intensifican el conflicto existencial.
Me habré enamorado un par de vidas, pensando que se trataba de un juego, algo así como quien juega a las escondidas. Me he roto.
A esta corta edad, voy comprendiendo que mis teorías revolucionarias, que daban una presunta solución a la cronicidad, tal vez son una mentira. Quizá no hay solución… Quizá el amor es un veneno, al igual que el cigarro.
Nos va, por dentro, acabando. ¿Cuál es la solución, entonces? ¿La aceptación? ¿El absurdismo camusiano? No, no lo creo.
Porque hasta Camus partía de la aceptación; sin embargo, ¿Qué hay después de eso, ante la mirada vacía de quien viaja en el transporte público o de quien, mientras hace alguna actividad, pareciera estar ante una ventana que da a la nada?.

El infierno que llevamos dentro
Pero basta de crisis existenciales y vaguedades filosóficas… Pienso y creo que el infierno es el otro, pero, aun así, siguiendo la frase de Jean-Paul Sartre, me doy cuenta de que la sinrazón la persigue, pues termina siendo uno mismo el otro.
Cada uno es un infierno. He ahí el problema. La cronicidad de la vida es un fundamento, un principio sine qua non podríamos vivir.
En ese sentido, la otredad amorística no sirve. Pensar en el otro, reconocer su existencia y consciencia en el plano terrenal, tan solo sedimenta aún más el campo de batalla en el que nos encontramos.
