Cordillera de Palabras | Lo de Roberto Sánchez, candidato que viene subiendo en el conteo de elecciones presidenciales de la ONPE, deja algo en claro: en el Perú vivimos realidades paralelas que solo se cruzan el día de las elecciones, y cuando lo hacen, explotan.
El reciente ascenso del candidato Roberto Sánchez en el conteo oficial de la ONPE evidencia la profunda desconexión entre las realidades urbana y rural en el Perú. Los resultados iniciales generaron un falso positivo debido a que las actas de zonas con mejor conectividad y logística se reportaron primero. Esta fragmentación responde a brechas estructurales en servicios básicos como salud, educación y transporte que afectan a millones de ciudadanos. La falta de comprensión sobre las motivaciones del voto en provincias profundiza la fractura social durante los procesos electorales.
- El avance de Roberto Sánchez en el conteo de votos revela la coexistencia de realidades paralelas que solo convergen en las urnas.
- El conteo rápido inicial hasta el 50% representó principalmente a sectores urbanos conectados, postergando la integración del voto rural.
- Las diferencias estructurales en el acceso a derechos básicos influyen directamente en el comportamiento electoral de las zonas alejadas.
- El análisis del voto rural suele ser menospreciado desde categorías urbanas sin considerar las carencias de infraestructura en el interior del país.
- Se propone el cierre de brechas sociales como medida para evitar crisis energéticas y asegurar la estabilidad democrática del Perú.
Los que lo defienden desde la comodidad de una oficina en la ciudad y los que lo atacan desde la misma comodidad comparten un error: creen entender por qué la gente votó como votó. No entienden nada.
La mirada urbana y la incomprensión del voto rural
La apropiación intelectual del voto ajeno es un deporte nacional. Desde Lima, desde Arequipa, desde cualquier ciudad con internet estable y agua potable, analistas, periodistas y ciudadanos indignados explican por qué un campesino de Puno votó mal.
Como si votar desde un pueblo sin carretera, con escasos recursos pero con la dignidad intacta y amor por sus costumbres fuera una ecuación que se resuelve con estadísticas y buenos deseos progresistas. Gentrificar ese voto con nuestras categorías urbanas es parte de lo que está roto.
Los que menosprecian ese voto, llamándolo “ignorante”, “manipulado”, “comprado”, aumentan la fractura real en un país dividido por diferencias estructurales brutales: falta de educación de calidad, de salud, de transporte, de oportunidades.
Es fácil hablar de democracia informada desde la comodidad de un trabajo estable. Más fácil aún desde la comodidad de dos trabajos, un emprendimiento, el diario corretear por esos soles, pero sabiendo que hay SIS aunque sea con colas, que hay transporte aunque viajes colgado. Mientras en otros lugares no existe ni eso.

El conteo, la percepción y el espejismo electoral
El conteo rápido de actas es un espejismo geográfico. Los lugares que tienen internet, electricidad estable y logística de transporte adecuada reportan primero. Eso provocó un falso positivo en los resultados iniciales hasta el 50% del conteo.
Las primeras actas que llegaron pintaban un país que no existe: urbano, conectado, con cierta educación formal. Luego la realidad del voto que faltaba se hizo presente, y ese voto llegó en bloque. Con sus bemoles, sí. Con posibles irregularidades, obvio. Pero en bloque duro.
¿Fraude? Puede haber. ¿Manipulación? Seguro existe. Pero reducir todo a eso es negar la realidad de millones que votaron por un cambio que nosotros, desde nuestras burbujas urbanas, no alcanzamos a comprender porque nunca hemos vivido lo que ellos viven y si la hemos vivido, se nos ha olvidado ante el leve progreso citadino.
El problema es que ambos bandos, el urbano ilustrado y el rural organizado, terminan eligiendo candidatos que no satisfacen a ninguno. Y ahí nace la frase que resume nuestra tragedia democrática: entre el sida y el cáncer en segunda vuelta.
Más allá del conflicto: una pregunta pendiente
La solución no es romantizar el voto rural ni despreciarlo. Tampoco es imponer desde la ciudad qué debería importarle a quien vive a cinco horas de la posta médica más cercana.
El cambio real pasa por cerrar esas brechas estructurales sin destruir lo poco que funciona. Un solo error en Camisea y el Perú entró en crisis energética.
La bonanza minera no durará para siempre. El auge turístico tampoco. Engarzar lo que somos con lo que fuimos y lo que podemos ser requiere una pregunta honesta: ¿Qué Perú quiero habitar?.
¿Uno donde a solo dos horas de mi ciudad la gente muere de hambre en las heladas del invierno? ¿O uno donde pueda viajar a cualquier rincón del país sabiendo que hay posibilidades reales de vivir dignamente en cada lugar?
Esa pregunta debemos hacérnosla antes de disparar contra el voto del otro. Porque la única verdad que sostiene todo esto es simple: la política es el arte del servicio al bien común.
Devolvámosle su identidad aceptando también los procesos electorales, pensando en mejorarlos pero dejando de atacarnos entre nosotros. Porque al final, todos estamos en el mismo Huáscar.
