Cordillera de Palabras| Arequipa se viste de verde. Es un espectáculo que muchos arequipeños jóvenes no recuerdan haber visto: los cerros que rodean nuestra ciudad, normalmente áridos y polvorientos, ahora lucen un manto vegetal que parece sacado de un sueño. Las lluvias de este verano han transformado temporalmente nuestro paisaje desértico en algo que se asemeja a un oasis andino.
Las recientes lluvias de verano en Arequipa han transformado temporalmente el paisaje árido de la ciudad en un entorno verde que evoca un oasis andino. Esta situación excepcional permite apreciar la recuperación de la campiña tradicional y el florecimiento de vegetación en los cerros circundantes, ofreciendo una oportunidad estratégica para emprender campañas de forestación con especies nativas. Sin embargo, el crecimiento urbano desmedido continúa amenazando estas áreas naturales que son fundamentales para regular la temperatura y filtrar la contaminación del aire. Ante la proximidad del fin de la temporada de lluvias, se plantea la necesidad de implementar políticas públicas que prioricen la creación de corredores verdes frente al avance del cemento.
- Las intensas lluvias estivales han generado un inusual manto verde en los cerros de Arequipa y han revitalizado los andenes de la campiña tradicional.
- El autor destaca que este fenómeno climático representa el momento ideal para la forestación con especies nativas como molles, taras y qolles.
- Se advierte sobre la pérdida progresiva de la campiña arequipeña debido a la expansión urbana y proyectos de infraestructura que priorizan el concreto.
- La propuesta sugiere adoptar modelos internacionales de gestión urbana para transformar laderas y crear parques lineales con vegetación de bajo consumo hídrico.
- El verdor actual se describe como efímero, pues se espera que las zonas áridas recuperen su estado habitual hacia el mes de marzo al cesar las precipitaciones.
La campiña arequipeña, ese cinturón verde que históricamente nos ha abrazado desde Sachaca hasta Tiabaya, desde Huaranguillo hasta Socabaya, luce este enero con una intensidad que no veíamos en años.
Los andenes recuperan su verdor ancestral, los cultivos crecen vigorosos, y hasta las acequias coloniales vuelven a correr con generosidad —y también con bravura, como este fin de semana en Sabandía—.
Pero miremos más allá de la campiña tradicional. Esos cerros que nos rodean están vestidos de un verde tenue pero innegable. Cada lluvia trae semillas dormidas de vuelta a la vida. Florecen plantas que solo aparecen en años lluviosos, y por unas semanas el desierto se transforma.
Con la tierra húmeda por las lluvias, este es el momento ideal para campañas de forestación. Plantar ahora significa que las raíces tendrán humedad natural para establecerse. Las especies nativas como molles, taras, qolles y cipreses se adaptan perfectamente a nuestro clima y requieren poco mantenimiento una vez establecidas.

Una oportunidad verde que no se repite todos los años
Hay oportunidades concretas que aprovechar: recuperar zonas de andenes abandonados en los distritos tradicionales, forestar las riberas de torrenteras, crear corredores verdes que conecten la campiña fragmentada, e implementar parques lineales con especies nativas.
La campiña arequipeña no es solo paisaje. Regula nuestra temperatura urbana, que cada año se vuelve más insoportable. Filtra contaminantes del aire, recarga acuíferos subterráneos y provee alimentos frescos locales.
Pero la estamos perdiendo metro a metro. Cada urbanización nueva se come un pedazo más de verde. Cada camino ampliado sacrifica árboles. Cada vereda renovada elimina jardineras. La excusa siempre es el “desarrollo”, como si modernidad significara necesariamente gris.
Entre el cemento y la vida
Medellín transformó sus laderas con corredores verdes. Singapur convirtió la forestación urbana en política de Estado. No inventaron nada mágico: solo priorizaron distinto.
Aquí podríamos hacer lo mismo. Invertir en viveros municipales en lugar de cemento decorativo. Diseñar parques con flora nativa en vez de grass importado que consume agua sin sentido. Cambiar palmeras ornamentales por árboles que den sombra real.
La lluvia eventualmente parará. El verde efímero de los cerros se secará en marzo. Pero este momento nos ofrece una ventana práctica de oportunidad. Aprovecharla o dejarla pasar será, una vez más, una decisión política y cultural.
