Alma Matinal| Me parece ayer cuando la recogí cerca al Cementerio de la Apacheta. Vestía una casaca de cuero, una camisa blanca y un jean a la cadera que relucían su feminidad de una chica de 22 años.
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Ahora estoy a punto de dejar este mundo y ella me mira con su eterna lozanía, la misma piel, los mismos ojos brillosos. La fría temperatura de sus manos y sus largos dedos acarician mi piel rugosa. A mis 76 años estoy a punto de despedirme de Mónica luego de 30 años a mi lado.
El encuentro que cambió el destino
Era 1995, cuando la vi caminando con tristeza y un viento helado arremetía por esas horas. Compadecido de la dama, avancé con mi auto a poca velocidad preguntándole si le pasaba algo. Le advertí del peligro que la acechaban en esas horas. Parecía melancólica, taciturna y murmuraba algún nombre extraño.
Detuve el carro y me acerqué a ella. No levantaba la mirada. Le ofrecí acercarla a su casa o algún lugar seguro para que pueda tomar su movilidad, pero no quiso. Entonces me despedí de ella. De pronto subió rápidamente a mi taxi y me pidió por favor que la llevara al mirador de Zamácola en el distrito de Cerro Colorado.
La avenida Aviación por esos años, a sus costados, aun tenia enormes chacras y su pista era poco transitada. En el carro me fue contando que no quería regresar a su casa que solo anhelaba que pasen las horas y aquella pesadumbre que la perseguía. Le brindé toda mi confianza. Miramos las pocas estrellas del cielo y su piel palidecía por las horas. Sentí temblar sus brazos.
En el carro tenía un termo con café, fui por el para continuar la plática. Me gustaba su finura antigua, sus modales de dama bien formada. Pasaron las horas y fui enamorándome de ese ser sorprendente. La abracé fuerte. Quise besarla, pero rehuyó mi boca y salió disparada por las gradas.
Grité varias veces su nombre, pero ella corría sin detenerse. De pronto ya no pude verla. Encendí el carro y la busqué por varios lugares pero ni rastro. Los cristalinos rayos del sol aparecieron. El ruido de la ciudad y las almas de sus habitantes anunciaban un nuevo día.

Obsesionado con ella pasé varios días buscándola. Como un poseído escogía carreras que me llevaran por la zona, tomaba una gaseosa en una tienda cercana y preguntaba a la señora describiendo a Mónica, pero nadie me daba un indicio.
Luego de unos meses de angustia por fin la vi un miércoles a las 11 de la noche. Con la misma chaqueta, la apatía en su andar y su aire triste ataviando sus pasos. No le interesaba mi presencia ni que le suplicara saber porque se fue intempestivamente la otra noche.
Volteo a verme y vi que lloraba. Sentí coraje por mi atrevimiento y me limité a caminar junto a ella sin perder de vista mi auto. Le pregunté donde quería ir. Me dijo que a la Plaza de Cayma. Estuvimos allí tratando de conocernos mejor. Su dolor parecía apaciguado. Me tomó de la mano y las puso junto a su pecho.
El pacto entre la vida y la muerte
Me dijo que quería revelarme su secreto. Le juré como un pobre, pero rendido caballero, lealtad a su revelación. Me dijo que estaba muerta y que no tenía casa y la maldición que la perseguía fue por golpear a su madre hace una década.
Ella se había suicidado y vagaba por las noches tratando de hallar un acto que la redima de su abominación. En esos tránsitos se había llevado muchas almas, varios insensatos cayeron ante los encantos de su belleza, pero ninguno le importó.
Pero aquel joven Bernardo era bueno, diligente y con una vida por delante, pero ella no pudo someter su destino y le provocó la muerte al ver su casaca en el pabellón Benedicto XIII, número 1416 del Cementerio General Apacheta.
Yo había sufrido el suicidio de mi sobrino hace unos años, perdí a mis padres en un accidente en el camino a Condesuyos cuando tenía 12 años. Nunca pude encontrar un buen trabajo y viví engañado por casi cinco años con la mujer que iba a ser mi esposa.
Era un fracasado, asmático y solo esperaba morirme porque motivos para vivir no tenía ninguno. Le dije que no me importaba que estuviera muerta (o condenada) y que al verla por fin celebré haber encontrado un impulso para resistir.
Sentí sus fríos labios en los míos, sus manos apretaban mi cabeza y me prometió quererme como me merezco. Ante la luna como testigo juramos amarnos. Así vivimos hasta estos días de mayo del 2023.
Hicimos un pequeño pacto. Yo sería su novio con el que pagaría su culpa y ella seria para mí la mujer que llene mi vida. Todas las noches ella venía a mi casa y se quedaba hasta el amanecer. Adecué mi casa con unas lámparas de poca luz, cerré todas las ventanas para evitar a los desgraciados chismosos que siempre están atentos a la vida de los demás.
Durante esos años que vivió a mi lado no hubo desaparecidos ni hombres en el manicomio denunciando haber visto a la condenada. El Puente Grau, el Puente del Diablo (ahora Juan Pablo II) y las riberas oscuras del rico Chili eran lugares tranquilos para el transitar de los parroquianos.
No sabía dibujar pero aprendí con sus manos a recrear paisajes y las múltiples circunstancias de su rostro que adornan nuestra sala.
Comprobé con asombro que mis heridas del destino habían cicatrizado no por mi amor propio (que poco o nada valían) sino por la determinación de su voluntad. Yo era rehén de su alma y ella de la mía.
En el tinglado infinito de lo imposible nuestros destinos se cruzaron para redimirse mutuamente y cuando expire ella besará mi boca y su cuerpo se volverá polvo y por fin renacerá el majestuoso sendero de su paz eterna.
