Por: Sandra Bellido Urquizo
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¿Y Ahora Qué?… El gobierno de Dina Boluarte comete un error garrafal al insistir en etiquetar como “comunistas” o “caviares” a todos aquellos que se atreven a criticar o protestar contra su gestión. En lugar de reconocer el hartazgo ciudadano, el Ejecutivo prefiere dividir al país con calificativos ideológicos, como si todo reclamo proviniera de una conspiración política.
Pero la realidad es otra. La gente que no es de ideologías, pide seguridad, justicia y un país donde trabajar no signifique arriesgar la vida. Los peruanos están cansados de vivir con miedo, de la corrupción, de los asesinatos diarios, de la impunidad.
Durante la crisis de fines de 2022 e inicios de 2023, cuando Pedro Castillo intentó un autogolpe de Estado, el respaldo popular no fue mayoritario. Un sector del país lo justificó, sí, pero la mayoría no lo apoyó.
Por eso su intento fracasó, y Dina Boluarte asumió la presidencia de manera constitucional. Sin embargo, muchos peruanos la vieron como una “traidora” que debía convocar a elecciones generales para renovar completamente la clase política, incluido el Congreso.
Un gobierno sin legitimidad
Esa fue la verdadera demanda de las calles: elecciones y renovación total del poder. Pero el Ejecutivo y el Legislativo, lejos de escuchar, se atrincheraron en el poder. Prefirieron cuidar sus intereses, proteger a sus aliados y continuar con los arreglos bajo la mesa.

El resultado fue predecible: un gobierno sin legitimidad, desconectado de la realidad y cada vez más alejado de la ciudadanía. Las encuestas de opinión lo demuestran: solo un 2.5% apoya a Boluarte y un 5% al Congreso.
Hoy, el pueblo peruano no piensa en izquierdas o derechas. Solo quiere vivir tranquilo, trabajar sin miedo y confiar en que su familia regresará a casa.
La corrupción, la delincuencia y la ineficiencia estatal han podrido las bases del país y la democracia. La Generación Z, los transportistas, los trabajadores informales y los jóvenes sin oportunidades están levantando la voz porque sienten que ya no tienen nada que perder.
Sin embargo, el gobierno responde con desprecio y represión. Boluarte y sus voceros llaman “terroristas” a quienes protestan, en lugar de reconocer que el verdadero terror proviene de las calles tomadas por el crimen.
El único error de los protestantes es permitir que los grupos izquierdistas contaminen estas marchas que no tienen un fin político, sino lograr un país donde se pueda vivir de manera tranquila.
Si el gobierno hiciera su trabajo, la gente no tendría necesidad de salir a las calles a protestar. Así Boluarte y compañía podrían gobernar tranquilos. Pero no, estos señores prefieren que todos actuemos como borregos ante el avance de la criminalidad y corrupción.
El contraste con Bukele
El Salvador, hace apenas cinco años, era uno de los países más peligrosos del mundo. Hoy, bajo el liderazgo de Nayib Bukele, es uno de los más seguros por la decisión política de su presidente.
En cambio, el Perú retrocede cada día. Los delincuentes operan con el apoyo de malos policías, las leyes favorecen la impunidad y los discursos oficiales solo buscan culpar a los ciudadanos que protestan.
Presidenta Boluarte, ¿en qué idioma se le tiene que hablar? El pueblo no exige milagros, exige acción. No quiere promesas vacías ni culpas hacia otros. Quiere resultados. Porque si el Estado no hace nada, pronto podríamos convertirnos en El Salvador de antes de Bukele: un país tomado por el miedo, gobernado por la corrupción y olvidado por sus propios líderes.
Ojalá, por su bien y el de todos los peruanos, no haga oídos sordos a las voces de la ciudadanía.
