Lado B | Fui de izquierda, tal vez por influencia de mi hermano mayor, que tenía muchos amigos zurdos y era personero en cada elección. Fui de izquierda quizá porque, desde muy chico, escuchaba en mi parroquia el evangelio de los olvidados.
El periodista Jorge Páucar analiza en su columna de opinión el proceso de desencanto frente a la izquierda política peruana, partiendo desde su formación inicial influenciada por la justicia social hasta su experiencia universitaria en San Marcos. El autor relata cómo el radicalismo estudiantil y las contradicciones internas en medios de comunicación orientados a esta ideología marcaron su distanciamiento del movimiento. Asimismo, critica la falta de renovación de los cuadros actuales y su aparente incapacidad para distanciarse de regímenes autoritarios extranjeros. Finalmente, concluye que la izquierda en el Perú ha perdido su narrativa nacional, convirtiéndose en una nostalgia que no logra transformar el sistema ni a sí misma.
- El autor destaca la figura de Javier Diez Canseco como uno de los líderes más auténticos de la izquierda histórica peruana.
- Se describe el ambiente de polarización en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos durante la década de los noventa y el impacto del radicalismo.
- La columna cuestiona la coherencia de sectores que critican al sistema mientras mantienen una dependencia económica de las planillas estatales.
- Se menciona la actual fragmentación política representada en figuras como Alfonso López Chau y Ronald Atencio ante la falta de una propuesta nacional sólida.
- El texto concluye que la izquierda no ha logrado una lección histórica de sus fracasos ni una verdadera reinvención ideológica.
Y fui rojo porque, cuando creces en un barrio pobre, solo quedan dos opciones: ser de izquierda o resignarte a que las cosas nunca cambien..
Por mi distrito vi desfilar al legendario Javier Diez Canseco, aguerrido, auténtico luchador y quizá el hombre más sincero de izquierda que conocí. Llegaba al viejo cine de la cuadra con su gente del PUM (Partido Unificado Mariateguista), un movimiento cuyo nombre sonaba a consigna y a combate político.
Fue uno de los líderes históricos de la izquierda peruana y congresista en distintos periodos democráticos del país. Eran los inicios de los años ochenta, tiempos de la Teología de la Liberación.
El discurso marxista tenía gran acogida en un Perú desigual que recién empezaba a escuchar el nombre de Sendero Luminoso. La bandera de la justicia social fue lo que más me atrajo: hablaban del barrio, del hambre, de la exclusión. No mentían. Decían lo que uno veía todos los días.
De la militancia al desencanto
Llegué a La Cantuta siendo de izquierda. Luego pasé a San Marcos, la Decana de América, cuando las huestes de Abimael Guzmán sembraban el terror en la Ciudad Universitaria. Allí conocí más de cerca a los grupos de izquierda.

Fui dirigente del Centro de Estudiantes de Comunicación Social (CECOS) y, cuando en 1992 logramos la donación de una sala de redacción computarizada, los más radicales nos atacaron sin tregua. Decían que, en el fondo, los auspiciadores buscaban acceder a más información sobre los estudiantes y nuestros orígenes sociales.
Ahí empecé a abrir los ojos: descubrí una izquierda que no buscaba el progreso, sino que sobrevivía en la protesta permanente, incapaz de construir una verdadera revolución.
Estudié en una universidad profundamente politizada, con compañeros entrañables, muchos de izquierda, pero también con “los otros”: aquellos que después supe —ya como periodista— pertenecían al Servicio de Inteligencia Nacional infiltrado en San Marcos para ubicar cuadros subversivos.
A mediados de los noventa terminé trabajando en un diario de izquierda: La República. En tiempos de Gustavo Mohme padre, el periódico libró una dura batalla contra el régimen autoritario de Alberto Fujimori.
Pero con los años algo cambió. Nunca entendí cómo un medio que predicaba justicia social podía tratar a sus trabajadores con lógicas empresariales implacables. La pandemia mostró ese rostro: despidos sin contemplaciones. Otro desencanto.
Después conocí a muchos izquierdistas profesionales de la indignación: critican al Estado mientras viven cómodamente de él. Denuncian el sistema, pero no pueden existir fuera de sus planillas.
Una izquierda que no logró reinventarse
Esa izquierda —roja, rojaza o rosadita— jamás aprendió la lección histórica. Algunos todavía defienden regímenes autoritarios como el de Nicolás Maduro o sueñan con convertir al Perú en una nueva Cuba. Nunca aceptaron que su modelo fracasó, así como también colapsó el neoliberalismo.
Hoy aparecen figuras que se autodenominan izquierda democrática. El economista Alfonso López Chau, por ejemplo, fundador del partido Ahora Nación y candidato presidencial, intenta ocupar ese espacio político.
Otros casos, como Ronald Atencio, candidato de la coalición Venceremos, reflejan más bien una izquierda fragmentada, sin narrativa común ni propuesta nacional convincente.
La izquierda peruana murió hace años, quizá con Diez Canseco. Lo que queda hoy no es una ideología: es una nostalgia. Un recuerdo romántico de lucha que ya no conecta con el país real.
Una izquierda que todavía promete cambiar el sistema…
pero que ni siquiera ha sido capaz de cambiarse a sí misma.
