Cordillera de Palabras | Hace unos momentos vi un meme en internet en el que el Coyote por fin se comía al Correcaminos, pero le asaltaba una pregunta: “¿y ahora?”. Ese meme me anima a escribir este artículo.
Keiko Fujimori se perfila como la probable ganadora de las elecciones presidenciales en su cuarto intento tras obtener una victoria por un margen estrecho frente al candidato Sánchez. El análisis destaca que Fuerza Popular ha logrado mantenerse como un partido sobreviviente con una estructura territorial permanente a pesar de derrotas previas. Sin embargo, el futuro gobierno enfrentará el reto de gestionar un país donde casi la mitad de la población optó por una alternativa distinta. Para asegurar la estabilidad, se recomienda la conformación de un gabinete técnico y evitar acciones que sugieran revanchismo político o impunidad judicial.
- Fuerza Popular demuestra resiliencia institucional al mantener su presencia electoral y territorial tras tres derrotas consecutivas.
- El resultado electoral evidencia una polarización significativa, con un candidato opositor que lideró la votación en el Perú continental.
- La gobernabilidad del próximo periodo dependerá de la capacidad de integrar figuras técnicas ajenas al círculo partidario inmediato.
- Cualquier intento de influir en los procesos judiciales vigentes por lavado de activos podría ser interpretado como una señal de ilegitimidad.
- El cumplimiento de las promesas de inversión en el sur peruano es fundamental para reducir las tensiones con las regiones donde se concentró el voto opositor.
Porque Keiko Fujimori, probablemente, va a ganar esta elección. Cuarto intento. Tres derrotas en segunda vuelta, en 2011, 2016 y 2021, y ahora, por un margen que se medirá en miles de votos, no en millones, lo lograría. La pregunta que importa ya no es si gana. Es qué hace después de atrapar lo que perseguía durante quince años.
Primero hay que decir algo que uno se resiste a aceptar: el voto que sostiene a Keiko no es “fujimorismo” en el sentido despectivo que se le da. Sí, hay nostalgia noventera, sí, hay la figura del padre flotando detrás de cada campaña.
Pero reducir quince años de resistencia electoral a eso es no entender lo que construyó: un partido sobreviviente. Sobrevivió al APRA, al PPC e incluso a Acción Popular. Sobrevivió a tres derrotas consecutivas gracias a una bancada permanente, sí, pero también a una estructura territorial.
El mapa de votos no ha variado desde 2021. No ha ganado ninguna nueva región, incluso es posible que los votos que haya conseguido se parezcan a los de ese año al final. No solo es nostalgia por el “Chinito”.
Ningunear ese voto es no entender por qué, después de tres intentos fallidos, el cuarto finalmente cuajó. Y eso es peligroso.

Cordillera de Palabras. El otro Perú también existe
Porque aquí viene la otra mitad de la ecuación, la que el keikismo quiere ignorar: el voto que casi llevó a Sánchez a la presidencia tampoco es ninguneable. Estamos hablando de un candidato que llegó a estar arriba en el conteo nacional, que ganó el Perú continental por más de setenta mil votos y que solo perdió por el peso del exterior.
Eso no es un resultado marginal. Es una mitad del país que vio en Sánchez algo distinto a lo que representa Fuerza Popular y que se quedó a centímetros de imponerlo.
La historia reciente del Perú tiene un patrón que cualquier analista político debería tener pegado en la pared: los gobiernos que llegan con el rechazo activo de la mitad del país duran poco o gobiernan mal, o ambas cosas.
Castillo es el ejemplo más reciente y más extremo, pero PPK también cayó, Humala terminó su mandato con una popularidad por los suelos y hasta Alan García, en su segundo gobierno, enfrentó una oposición que nunca dejó de cuestionar su legitimidad de origen.
El denominador común es la capacidad de la mitad perdedora para organizarse en contra cuando siente que el resultado no la representa. Keiko no ha ganado legitimidad. Keiko lo que ha ganado es la posibilidad de ser fiscalizada directamente.
Ahora sí va a gobernar y se le podrá atribuir cada error que cometa. Sabiendo que la mitad del país que no votó por ella tiene memoria reciente de haber estado a un paso de ganar, la presión será permanente. Tendrá todo el poder, como algunos analizan, pero también podrá ser políticamente desmembrada si sus aliados supuestamente naturales la abandonan.
Si quiere evitar que su cuarto intento se convierta en el gobierno más corto de la lista, incluso más breve que el de Merino, debe empezar por su primer gabinete. No puede ser un gabinete de trincheras, compuesto únicamente por operadores fujimoristas que devuelvan favores políticos.
Necesita figuras que generen algo de confianza en el otro Perú, el que votó por Sánchez, aunque sea mínima. Un ministro de Economía con credibilidad técnica más allá del círculo de Fuerza Popular.
Un gesto temprano hacia el sur, hacia las regiones donde Sánchez arrasó, que no sea solo discurso sino alguna decisión concreta de inversión o infraestructura que se sienta en el territorio. Si me apuran, simplemente que cumpla las promesas de campaña que allí están claritas para el sur.
La victoria no puede convertirse en revancha
También tiene que cuidar el tema judicial propio. Los procesos por lavado de activos no desaparecen porque gane la presidencia y cualquier intento de utilizar el poder para influir en ellos será leído, correctamente, como impunidad desde el poder.
Eso encendería de inmediato a una oposición que ya tiene el argumento de la ilegitimidad cargado y listo.
Y hay un tercer punto, quizás el más difícil: el manejo del triunfalismo. El círculo cercano de Fuerza Popular tiene que resistir la tentación de tratar esta victoria como una revancha histórica, como el momento de “ahora nos toca a nosotros”, después de tres derrotas, e iniciar una cacería de brujas.
Cada gesto que suene a revancha en los primeros meses será leído por la otra mitad del país como una confirmación de sus peores temores.
Lo que no debe hacer, en una sola frase, es comportarse como el Coyote que atrapó al Correcaminos y no sabe qué hacer con él salvo celebrarlo.
Porque, a diferencia del dibujo animado, aquí el Correcaminos no desaparece después de la cacería. Se queda. Y la próxima vez, puede que sea él quien tenga la ventaja.
Estaremos vigilantes, señora Keiko, porque esto no es un cheque en blanco. Es la responsabilidad que tanto persiguió y que ahora no puede arruinar convirtiendo en realidad las peores pesadillas que muchos tienen sobre usted.
