Cordillera de Palabras | Llevo más de veinte años escribiendo sobre temas culturales y cada cierto tiempo escucho la misma pregunta de algún artista: ¿por qué tengo que ir a Lima para que mi trabajo cultural exista? La respuesta honesta es que el Ministerio de Cultura peruano nació centralista y sigue siéndolo, aunque el discurso oficial diga otra cosa desde hace años.
El Ministerio de Cultura peruano enfrenta cuestionamientos por mantener un enfoque centralista que prioriza la gestión en la capital sobre las necesidades de las regiones. Alberto Beingolea asumió la titularidad del sector el pasado 28 de julio con una agenda inicial centrada en Cusco y Machu Picchu, además de realizar cambios en la estructura interna de la institución. Se requiere una descentralización presupuestal efectiva y fondos concursables que permitan a los colectivos regionales acceder a recursos sin las barreras burocráticas de Lima. El futuro de esta gestión depende del voto de confianza del Parlamento y de su capacidad para establecer un rumbo en la difusión cultural del país.
- Crítica al centralismo del Ministerio de Cultura que dificulta el desarrollo de productores culturales en regiones como Arequipa, Cusco y Puno.
- Nombramiento de Alberto Beingolea como nuevo ministro, quien inicia su gestión con cambios administrativos y enfoque en el patrimonio de Cusco.
- Necesidad de una descentralización presupuestal real para que los recursos y fondos concursables lleguen a los colectivos fuera de Lima.
- Desafíos políticos inmediatos que incluyen el voto de confianza en el Parlamento y la gestión de una de las carteras más controvertidas.
El Perú tiene un problema que no es de recursos naturales, tiene siete mil años de historia cultural comprobada, tradición oral viva en decenas de lenguas, patrimonio material e inmaterial que cualquier país envidiaría.
El problema es de gestión y de mirada. Cultura sigue pensándose desde Lima hacia las regiones, no desde las regiones hacia el país. Arequipa, Cusco, Puno, el norte y la Amazonía tienen productores culturales trabajando con recursos propios, sin apoyo institucional real, mientras el ministerio administra museos limeños y organiza actividades que rara vez trascienden la capital.
La descentralización pendiente
Lo que se necesita de verdad es descentralización presupuestal efectiva, no de papel. Fondos concursables que lleguen a colectivos regionales sin que el trámite burocrático desanime a quien no tiene tiempo ni contactos en Lima para insistir.
Se necesita también una política de difusión que entienda que la cultura peruana no cabe en un museo ni en un feriado largo, que es viva, que se produce todos los días en un taller de escritura en Arequipa, en una comparsa en Puno, en un colectivo editorial independiente en cualquier rincón del país que nadie subvenciona.

Alberto Beingolea juró como nuevo ministro de Cultura el 28 de julio, tras años alejado de la política activa. Llega descabezando oficinas, prometiendo unidad nacional y ubicando a Cusco y Machu Picchu al frente de su agenda inicial.
Pero el tema de fondo no es si Beingolea es el hombre idóneo para el cargo. Eso lo dirá el tiempo y la gestión misma.
El tema es si logrará sobrevivir primero al voto de confianza del Parlamento, siempre imprevisible con los gabinetes nuevos, y después al desgaste natural de estar al frente de uno de los ministerios más controvertidos de la última década, uno que no ha encontrado rumbo en un país riquísimo en cultura y pobre en difundirla, tanto hacia afuera como hacia adentro.
Los demás ministerios también necesitan evaluación urgente, eso es innegable. Pero este es apenas un primer ejercicio, y en 400 palabras nadie puede resumir todo lo que el Perú necesita corregir en sus carteras ministeriales. Haremos el intento en nuevas entregas.
