Por: Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… Los números no mienten y son preocupantes. Un estudio cuantitativo aplicado a 65 docentes confirma lo que muchos padres y maestros intuimos: existe una correlación significativa entre la dependencia de la IA y el desarrollo de habilidades críticas, con una disminución notable en la autonomía de aprendizaje y en la capacidad de resolución de problemas.
El panorama se vuelve más alarmante cuando revisamos las estadísticas de uso: el 26% de los adolescentes en Estados Unidos utilizan ChatGPT para realizar sus tareas escolares, duplicando el 13% registrado en 2023.
En el Perú, la situación no es diferente. Una encuesta aplicada a 130 estudiantes del colegio Sor Ana de los Ángeles en el Callao reveló que el 60% de los alumnos implementa alguna forma de inteligencia artificial en sus actividades escolares.
Lo más grave es que, según el mismo estudio, el 74% de estos estudiantes creen que aplicar ChatGPT en el momento de clase sería beneficioso para una mejor calidad de educación. Esta percepción demuestra una peligrosa confusión entre obtener respuestas fáciles y aprender realmente.
Podemos darnos cuenta de la situación, cuando vemos en las noticias de congresistas que copiaron íntegras las respuestas de la IA generativa, medios de comunicación que no se toman la molestia de eliminar las sugerencias de la IA o en los mismos trabajos de los alumnos cuando sus respuestas son genéricas y correctamente escritas, casi con un lenguaje que envidiaría Jorge Luis Borges.
El problema central no es la tecnología en sí, sino cómo la estamos usando sin supervisión ni criterio. El caso emblemático de dos estudiantes de Massachusetts ilustra perfectamente esta situación: fueron descubiertos copiando directamente de una aplicación de IA, incluyendo citas a libros inexistentes.
Como señaló el juez que falló a favor del instituto, los estudiantes “copiaron y pegaron de forma indiscriminada desde la aplicación de IA“, mostrando el nivel de dependencia ciega que están desarrollando nuestros jóvenes.
Esta dependencia no es inocua. Los maestros reportan que cuando los estudiantes usan IA para completar tareas sin entender el proceso, llegan a clase sin los conocimientos básicos que la tarea debía proporcionarles.
Esto obliga a los profesores a retroceder y reexplicar conceptos que los alumnos deberían haber asimilado, retrasando todo el programa curricular y perjudicando a quienes sí hicieron el esfuerzo genuino de aprender.
Como explica Alfredo Pósito, docente del Aula de Innovación Pedagógica del colegio Sor Ana de los Ángeles: “muchos docentes están al margen de la evolución tecnológica, tenemos que convencer al docente que el uso del chat GPT y otras aplicaciones de IA realmente son útiles y confiables”. Pero este enfoque está mal planteado. No se trata de que los docentes acepten ciegamente la IA, sino de que aprendan a gestionarla responsablemente.
Prohibir el acceso tampoco es la solución. Como señalan expertos en educación, “prohibir ChatGPT en los salones es la decisión errada“, ya que técnicamente es imposible bloquear completamente estas herramientas.
Los estudiantes siempre encontrarán maneras de acceder desde sus celulares o desde casa. Lo que necesitamos urgentemente es educación digital responsable y supervisión inteligente.

Cordillera de Palabras… La solución debe ser integral y abarcar tres frentes fundamentales:
Primero, implementar filtros inteligentes en las redes escolares que no bloqueen completamente la IA, sino que registren y monitoreen su uso. Como recomienda INCIBE, es necesario “establecer normas y límites claros” y “asegurarse de que las herramientas de IA garantizan la seguridad de los alumnos”. Estos filtros deben permitir a los profesores identificar patrones problemáticos y distinguir entre uso educativo legítimo y copia descarada.
Segundo, abordar el tema directamente en las aulas. No podemos seguir fingiendo que la IA no existe. Los profesores deben explicar cuándo y cómo usar estas herramientas de manera ética, de la misma forma que enseñamos a citar fuentes bibliográficas.
Como ha señalado el Dr. Matthew Brown del Group of Eight de universidades australianas, las instituciones “han tenido que revisar cómo se llevarán a cabo las evaluaciones”, adaptando sus métodos a esta nueva realidad.
Tercero, rediseñar las tareas y evaluaciones. Si una tarea puede ser resuelta completamente por ChatGPT en cinco minutos, entonces es una mala tarea. Necesitamos ejercicios que requieran pensamiento crítico, análisis personal y aplicación práctica del conocimiento. Como explican algunos educadores, “el trabajo académico tiene que ver con la escritura original” y el desarrollo del pensamiento propio.
Es fundamental que padres y maestros comprendan que el mayor peligro no es que los estudiantes usen IA, sino que la usen mal. Cuando un alumno copia directamente de ChatGPT sin procesamiento alguno, no solo no aprende sobre el tema específico, sino que pierde la oportunidad de desarrollar habilidades cruciales de investigación, análisis y redacción. Esta pérdida se acumula y resulta en una generación que sabe obtener respuestas pero no sabe pensar.
IA puede ser una herramienta extraordinaria
La IA puede ser una herramienta extraordinaria para la educación si se usa correctamente: para generar ideas iniciales, verificar información, practicar idiomas o adaptar contenidos a diferentes niveles de comprensión. Pero cuando se convierte en un sustituto del pensamiento, deja de ser una ayuda para transformarse en una muleta que atrofia el desarrollo intelectual.
Como sociedad, tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros jóvenes que la inteligencia artificial debe amplificar su inteligencia humana, no reemplazarla. Los maestros deben ser capacitados urgentemente para identificar y gestionar estos casos, mientras que los padres necesitan involucrarse activamente en supervisar el uso que sus hijos dan a estas herramientas.
El desafío es urgente porque cada día que pasa sin una estrategia clara, más estudiantes se acostumbran a depender de respuestas artificiales en lugar de desarrollar su propio criterio y mienten, sí, mienten, aseguran sobre Biblias y demás juramentos que no usaron IA, pero denuncian, a su vez, que los maestros no tienen la capacidad de enseñarles.
Seguirá este cuento hasta que nos enfrentemos a la realidad que el lobo de la falta de criterio nos haya quitado el último bastión de resistencia a caer en al absolutismo de la mediocridad: las aulas escolares.
