Por: Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… “En escasez, prioridad es dar agua a la minería antes que a la agricultura”. Ángel Manero Campos, declaró el ministro de Desarrollo Agrario y Riego en pleno Perumin 2025, debió renunciar en ese mismo instante. Pero en este país, las declaraciones desastrosas no tienen consecuencias, solo indignación de redes sociales que dura dos días.
Damas y caballeros, pongamos las cosas claras con datos concretos. La minería aporta entre 8.5% y 9.5% al PBI nacional según el Ministerio de Economía y Finanzas y el Ministerio de Energía y Minas.
La agricultura aporta entre 4.6% y 6% (dependiendo si consideramos solo agricultura o el sector agropecuario completo con ganadería). Hasta ahí, pareciera que el ministro tiene razón. Pero esos números son engañosos si no entendemos el sistema completo.
Según el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), cuando sumamos todos los “sistemas alimentarios” (agricultura + transformación agroindustrial + comercialización + transporte), el sector alcanza casi 35% del PBI nacional. Es decir, más de un tercio de nuestra economía depende directamente de que haya agua para sembrar.
En empleabilidad, las cifras son aún más contundentes. El Ministerio de Trabajo reporta que la minería genera alrededor de 250,000 empleos directos (cifra récord alcanzada en 2025) y aproximadamente 1.5 millones de empleos indirectos.
Pero la agricultura, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), ocupa a más de 4 millones de peruanos, siendo la segunda fuente de empleo después del comercio.

Cuatro millones de familias peruanas dependen del agua para sus cultivos.
Cuatro millones de personas que comen de lo que siembran y alimentan al resto del país, incluyendo a los mineros que trabajan en los socavones y a los ejecutivos que cierran negocios millonarios en Perumin.
La Ley de Recursos Hídricos N° 29338, actualmente vigente, establece en su artículo 35 un orden de prioridad para el uso del agua: primero el uso primario (consumo humano directo y doméstico), segundo el uso poblacional, y tercero el uso productivo.
Dentro del uso productivo, el artículo 35.2 señala que “el orden de prioridad es el siguiente: agrario, acuícola y pesquero, energético, industrial, medicinal, minero, recreativo, turístico y de transporte”.
Es decir, la ley vigente ya establece que en el uso productivo, la agricultura tiene prioridad sobre la minería. El ministro no solo se equivocó técnicamente, violó el marco legal existente con su declaración.
Pero hay más. La Autoridad Nacional del Agua (ANA) ha documentado que el sector agrícola consume aproximadamente 80% del agua disponible en el país, mientras que la minería formal utiliza alrededor del 2%. Sin embargo, esta comparación es engañosa porque no considera la contaminación.
Un litro de agua usado en riego puede retornar al ciclo natural. Un litro de agua contaminado con metales pesados en operaciones mineras puede dañar ecosistemas enteros durante décadas.
El problema no es minería versus agricultura. El problema es la gestión irresponsable del recurso hídrico en ambos sectores. Según la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía, muchas operaciones mineras modernas recirculan hasta el 85% del agua que utilizan.
Pero también sabemos, por informes de la Defensoría del Pueblo, que existen pasivos ambientales mineros que continúan contaminando fuentes de agua décadas después de cerradas las operaciones.
En agricultura, el desperdicio es igualmente preocupante. El Ministerio de Desarrollo Agrario estima que hasta 50% del agua destinada a riego se pierde por infraestructura deficiente, técnicas inadecuadas y falta de tecnificación.
Y no hablemos de Majes I, que las filtraciones han causado el desmoronamiento de una buena parte de la quebrada cercana. Peor, miles de hectáreas aún se riegan por inundación, el método más ineficiente que existe.
La verdadera discusión debería ser sobre eficiencia hídrica en ambos sectores, no sobre quién tiene prioridad. La tecnología existe: riego tecnificado por goteo en agricultura, sistemas de recirculación cerrada en minería. Lo que falta es voluntad política e inversión adecuada.

Somos una de las zonas con mayor desarrollo minero
El contexto de Arequipa hace este tema especialmente urgente. Nuestra región vive una paradoja: somos una de las zonas con mayor desarrollo minero (Cerro Verde, Tía María en proyecto) pero también tenemos una de las campiñas agrícolas más productivas del país. Y todo esto con recursos hídricos limitados que dependen casi exclusivamente del río Chili y los deshielos del Misti.
Estudios de la Universidad Nacional de San Agustín han advertido que el cambio climático está reduciendo los glaciares andinos que alimentan nuestras cuencas. En treinta años, podríamos tener 30% menos agua disponible. En ese escenario, las declaraciones irresponsables como la del ministro Manero no solo son incorrectas, son criminalmente negligentes.
Porque al final, damas y caballeros del jurado virtual, seamos absolutamente realistas: ambos sectores nos ayudan, y mucho. La minería genera divisas, paga impuestos significativos, financia proyectos de desarrollo. La agricultura alimenta a la población, genera empleo masivo, sostiene economías regionales enteras. Necesitamos ambos.
Pero no podemos hablar de restarle recursos a uno para dárselos al otro. Eso es querer incendiar la pradera completa. Y el ministro lo sabía, lo sabía perfectamente y con gusto se echó a la pira para generar el humo mediático correspondiente.
El agua es vida, literalmente. Y cuando un ministro declara que en escasez priorizaría la minería sobre la agricultura, está diciendo que priorizaría las ganancias empresariales sobre la alimentación de millones de peruanos. Eso no es política pública, es obscenidad moral.
Minería y agricultura deben ir de la mano en una gestión circular del recurso hídrico que beneficie a todos. Pero ante una necesidad primaria, y aquí no hay discusión posible, el agua es para las personas y su subsistencia alimentaria.
No para las máquinas, no para los procesos extractivos, no para maximizar utilidades empresariales, cierro mi alegato.
