Por Fabrizio Arrisueño Gatica
Generando resumen...
A Tinta Fría… La Universidad Católica San Judas Tadeo, una mañana de aquellas primaverales, seleccionaba sesudamente a los mejores estudiantes de Derecho para que representaran a la casa de estudios en una pasantía por España.
Beto, conocido así por su segundo nombre, fue uno de los seleccionados para la travesía a través del país conquistador, junto con otros catorce colegas. Ninguno se conocía; todos eran de diferentes años. El aeropuerto era una mezcolanza jurídica. La delegación estaba resguardada por dos docentes: un magnánimo abogado corporativo y otro un homérico civilista. Con ellos, cualquier adversidad era del tamaño de una hormiga.
Había llegado el momento: el avión rumbo a España aguardaba; solo el destino conocía los azares y los lazos. Eran, aproximadamente, doce horas de viaje. Una vez en el país de Cervantes, la delegación debía tomar otro vuelo con destino a Navarra, una ciudad ubicada al norte, junto a los Pirineos.
La llegada a Navarra y el inicio de nuevas historias
Apenas bajaron del avión, Beto sintió el calor voraz de esa ciudad verdosa, plagada de árboles, turbinas elefantiásicas y grandes autopistas. Vio su reloj cuando subían a la movilidad que los trasladaría hacia los departamentos; el tiempo parecía ser sempiterno. La noche empezaba a llegar, pero nadie dormía.
Puestas las estrellas, la delegación decidió salir, en su primer día, hacia el centro de esa ciudad taurina. Mientras daban pequeños pasos, asombrados por la infraestructura europea, Roberto Lamas y Fabiola Lozano iban sembrando un amor que, furtivamente, se consolidaría con el tiempo. También, nacería una amistad inquebrantable entre Beto y Roberto.

Sin embargo, la noche se tornaría truculenta. La delegación perdería el control. Beto tendría la tentación de llamar a alguno de los docentes para que acuda en su auxilio desesperado. Todo, absolutamente todo, pendería de un hilo. Más allá, entre las sombras, Roberto y Fabiola se sumergían, apasionados, en infinitos besos a la luz de la luna.
Caminaron kilómetros hasta llegar a sus camas. Algunos tuvieron que socorrer a las damas de la delegación colocándolas en sus espaldas, pues los tacos se convirtieron en cimas montañosas. Otros fueron insultados por un grupo de marroquíes al verlos tan candentes, fugaces y vitales.
Al final, cada uno pudo llegar al interior de sus sábanas, pensando que quizá aquel día no había sido más que el sueño de una noche de Navarra.
