Por: Fabrizio Arrisueño Gatica
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A Tinta Fría… Tengo la imperiosa necesidad de confesarme; de decir que, como mis pecados, no hay ninguno, que no merezco perdón alguno y que la muerte acecha mis días y también mis noches. Quiero decir que todo eso lo sé: nadie podrá absolverme del pecado, y pensar en quinientos padrenuestros parece una broma.
¿Por qué develar mis crímenes, mis miserias, ante un confesor que es tan impuro como yo? ¿Cuál es el valor de mi penitencia? ¿Podré corromper a Dios con buenas acciones? No sirve de nada cuando uno es el cordero descarriado.
Pero está bien, para eso existimos: para cuestionar ese perdón que no necesitamos y proclamar aquella rebeldía que no nos asusta. Quizá Dios esté entre estas líneas, como un personaje que, en lo más profundo, temo con todo mi ser. Un personaje principal, al que atribuyo las desgracias de mi vida y que no puedo eliminar de esta historia, porque acabaría conmigo mismo.
El costo de la conciencia
Por eso, pocos logran reconciliarse con él; tal vez sean aquellos que consiguen participar de su propia historia y descubrir que ese protagonista son ellos mismos. En cambio, nosotros, los desdichados, vivimos como seres secundarios que constantemente pretendemos saltar al abismo y huir de esa mala crónica que lleva por título vida.
Sin embargo, ese es el costo de la consciencia, el costo de no enajenarse en una historia propia donde las cadenas de nuestro destino ya estén escritas. Ese es el costo. Pero si hasta el perdón de Dios tiene un precio, ¿Cuál será el mío para perdonar a esta vida? ¿Será el amor?

X
¿Quién está dentro de estas líneas? Mi yo es tan mutable que ni siquiera puedo reconocerme mientras escribo estos párrafos. Ayer moría; hoy siento ganas de correr, saltar, gritar. Todo junto. Sin espacio para el descanso. Pero mis ojos andan perdidos; no se condicen con mi fisiología de la felicidad. Siento ojos de hombre muerto, como si estuviera congelado en un momento, en un destello. ¡Carajo! ¿Cómo decirles que quien escribe está muerto?
XII
Intento maquinar un verso, pensar en los libros que he leído, levantar la cabeza e inspirarme viendo la biblioteca, recordar los bellos momentos, también los tristes, y saborear una o dos lágrimas… y ningún verso llega a mi cabeza. Luego intento escribir más de treinta o cuarenta líneas, probar que no soy mediocre, creer que invernar intelectualmente es productivo, analizar el pasado, el presente y el futuro de cada una de mis oraciones, y aun así no puedo. ¿Será que todo esto no puede explicarse? ¿O quien no tiene explicación soy yo?
Todo lo que se quebró entra en menos de una hoja. ¿Cómo debo sentirme? ¿Dichoso o desdichado? Tener una vida tan corta y simple… puede que no sienta nada.
