Por: Fabrizio Arrisueño Gatica
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A Tinta Fría... Pues, efectivamente, Sofocleto tenía razón al hablar del eslabón perdido de la humanidad: el Coxudus peruviannis. Y, como si una epifanía me golpeara, al leer su magna cojudez comprendí que, ontológicamente, yo también era un supremo cojudo. No me enorgullece, claro está, pero tampoco puedo negarlo.
Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre nacer cojudo y volverse uno por contagio, y en ese matiz radica mi esperanza: no lo fui siempre; me hicieron. O, mejor dicho, me contagiaron, y como todo virus, este también se propaga con eficacia admirable.
Definir qué es un cojudo no resulta sencillo, sobre todo si uno acude a la Real Academia Española, que, en su desconexión con la realidad latinoamericana, se limita a decir que “cojudo” es un animal no castrado. A partir de ahí, cualquier búsqueda de sentido se vuelve inútil.

A Tinta Fría: La filosofía del cojudo peruano
En cambio, en el Perú la palabra adquiere una densidad filosófica y sociológica imposible de ignorar. Ser cojudo, en nuestro contexto, es casi una categoría existencial. Es un modo de estar en el mundo, de responder sin quererlo a las preguntas más profundas: quién soy, por qué estoy aquí y hacia dónde voy.
Aunque, claro, en la práctica, la cojudez adopta formas mucho más prosaicas: leer novelas de fantasía creyendo que te harán sabio, usar doble mascarilla en el centro comercial y ninguna en el bus, sacar al perro para que acabe ensuciando la casa, discutir con quien te rozó el hombro o despertarte antes que el despertador. Pequeñas escenas del absurdo cotidiano que, sumadas, conforman nuestra identidad nacional.
Sofocleto, con el rigor de un antropólogo del disparate, clasificó tres tipos de cojudos: el de nacimiento, el de contagio y el de lesión cerebral. El primero, el cojudo original, es una criatura digna de estudio. No hay vacuna ni escapatoria; se nace así y se muere así, irradiando cojudez como si fuera una energía invisible pero tangible.
Hay que evitarlo: basta un apretón de manos o una conversación de cinco minutos para quedar contagiado. Luego está el cojudo por contagio, el más abundante, el que no tomó precauciones básicas. Su condición es accidental, aunque no por ello menos trágica. Sirve de recordatorio a los que todavía conservan cierta lucidez, aunque sea por poco tiempo. Finalmente, está el cojudo por lesión cerebral, aquel que decide formar o afiliarse a un partido político.
Una república de cojudos y pendejos
Esta categoría es, según Sofocleto, exclusiva del Perú, y bien podría figurar en los manuales de neurología como patología social crónica. No hay cura, solo resignación.
Lo grave no es que haya cojudos, sino que el país haya aprendido a funcionar gracias a ellos. Vivimos en una república de cojudos gobernada por pendejos, un equilibrio perverso pero estable. Los pendejos se disfrazan de salvadores, de líderes, de patriotas, y los cojudos —movidos por una mezcla de fe, costumbre y estupidez— les entregan el poder con una sonrisa. Luego se quejan, claro, pero sin dejar de votar por ellos.
Dentro de este ecosistema político tan peculiar, encontramos tres especies recurrentes: el cojudo que habla cojudeces, el pendejo con cara de cojudo y el pendejo que habla cojudeces. El primero es inofensivo; su estupidez es sincera, casi entrañable. El segundo es peligroso, porque finge torpeza para ocultar su astucia. Y el tercero es devastador, porque combina la labia del farsante con la ignorancia del iluminado.
La cojudez, al final, es más que una característica del peruano: es una condición espiritual. Nos acompaña en las colas del banco, en las marchas, en las urnas y en la sobremesa del domingo. Nadie escapa de ella.
Pero quizá lo que nos salva, si algo puede hacerlo, es reconocerla. Porque el verdadero problema no es ser cojudo, sino creerse inteligente. La lucidez consiste, en última instancia, en admitir que uno lo es, pero con conciencia de causa. Solo entonces, acaso, podremos dejar de serlo.
