Creo que.. | La Arequipa que añoro. Hace algunos días, con mi Ale fuimos a la Plaza de Armas, para observar el trabajo de los artesanos en tallado de sillar, repujado en láminas de bronce y forjado de hierro, que pese al paso duro de los años, son actividades que se resisten a perderse en el cruel olvido.
Un cronista relata su trayectoria en Arequipa desde 1978 y describe la transformación de la ciudad a lo largo de más de cuatro décadas. La narrativa destaca la labor de artesanos locales especializados en tallado de sillar y forjado de hierro como actividades que persisten frente al paso del tiempo. Se contrasta la tranquilidad y seguridad de la urbe en años pasados con el incremento de la criminalidad y los accidentes en la actualidad. El texto refleja la nostalgia por una ciudad que el autor considera distinta en vísperas de su 486 aniversario.
- La persistencia de artesanos dedicados al tallado de sillar, repujado en bronce y forjado de hierro en la Plaza de Armas.
- La transformación de la seguridad ciudadana, pasando de una urbe apacible en la década de 1970 a una con mayores índices de delincuencia y peligrosidad.
- Referencia a costos históricos como el pasaje urbano de 0.10 centavos y la oferta de seis panes por un sol.
- El contraste social y urbano de Arequipa en el marco de la celebración de su 486 aniversario.
Son artesanos, son soñadores (como los califico), que buscan atrapar una parte de la historia que se nos va, y pronto formará parte del pasado.
Siempre lo he dicho, soy moqueguano por nacimiento y arequipeño por adopción por quereres y mal quereres también, desde 1978 que llegué a la Ciudad Blanca, aprendí a quererla y sentir mi patria chica, porque Arequipa es y será una tierra de oportunidades. No valga ninguna discusión.
Venía del asiento minero de Toquepala (Tacna) y esta ciudad, era una urbe desconocida. Me acuerdo que me desplazaba a pie, desde la casa familiar (al costado del hospital general de La Pampilla) y caminaba directo hasta la esquina de Ormeño, todo San Juan de Dios, hasta la intersección con Santo Domingo, un pequeño desvío y llegaba a la última cuadra de Mercaderes y llegaba a la academia pre universitaria “Hipólito Sánchez Trujillo”, donde me preparaba, para ingresar a la universidad.
Arequipa: la ciudad que quedó en la memoria
Hace más de cuatro décadas, y Arequipa, era una ciudad tranquila, limpia y libre de ladrones y toda sarta de delincuentes que hoy pululan a diestra y siniestra. Esa es la Arequipa que añoro.

El pasaje urbano costaba 0.10 centavos de sol y 6 panes por un sol, y aunque muchas veces no contaba con esos centavos, todavía recuerdo, cuando subía al bus de Vallecito (color negro y amarillo) en la esquina de Ormeño y mientras el cobrador subía y bajaba, lentamente me desplazaba desde la parte posterior hasta la parte de adelante y justo, al doblar para ingresar a la Cato, me bajaba rápido y no pagaba el pasaje. Hoy esas mataperradas no existen.
Estos son apenas dos recuerdos un poco borrosos, sobre la Arequipa que conocí y cuando me daba mis borracheras, bajaba por San Camilo, Víctor Lira, IV Centenario, La Pampilla, rumbo a mi casa, a las 2 de la madrugada, y no pasaba nada. Los choros supongo que a esa hora descansaban. Era una ciudad apacible. Esa es la Ciudad Blanca, que siempre retengo en mi huidiza memoria.
La Arequipa que ya no encuentro
Hoy a días de celebrar el 486 aniversario de Arequipa, me siento un extraño en mi ciudad. Uno sale a trabajar y muchos nunca más vuelven, mueren en accidentes, son asaltados, secuestrados o desaparecen.
Desde entonces, la Ciudad Blanca es otra distinta. Muy distinta. Me dirán soñador, aburrido, solo diré que como tantos arequipeños, busco y rebusco la ciudad que conocí y no la encuentro. Nunca más lo haré.
Esa es la Arequipa que añoro, como los viejos amores que luego de mucho tiempo se encuentran y poco a poco se dan cuente que algo se quedó. Algo se marchitó. Por eso los amores como la ciudad hay que ubicarla donde nada ni nadie les haga daño, en un lugar bien escondido de la memoria. Hasta la próxima.
