¿Y Ahora Qué? | En el Perú, hay tragedias que se repiten tanto que dejan de ser noticia. Se vuelven rutina. Una cifra más. Un titular que dura horas. Y luego, silencio.
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Eso ocurre en la carretera que une Arequipa con Juliaca. Una vía de apenas dos carriles que, pese a ser una de las más transitadas del sur, se ha convertido también en una de las más peligrosas del país. No por casualidad, sino por abandono.
Los hechos son claros y recientes. El 23 de marzo de 2026, en el sector Imata, un choque entre una miniván y un camión dejó 11 personas fallecidas.
Apenas un mes después, el 28 de abril, en Santa Lucía, otro impacto frontal, (esta vez entre una miniván y una cisterna) terminó con 10 muertos y al menos 10 heridos. No son episodios aislados. Son parte de un patrón que se repite con una precisión alarmante.
En pleno 2026, con el crecimiento del transporte interprovincial, el aumento de la carga pesada y el dinamismo del turismo interno, esta carretera ha quedado completamente desfasada. Lo que en otro momento pudo haber sido suficiente, hoy es un riesgo permanente.

Una infraestructura que ya colapsó
El problema es tan evidente como ignorado: una vía angosta obliga a convivir en el mismo espacio a buses, minivanes (muchas veces informales) y camiones de alto tonelaje, sin separación física ni márgenes de seguridad.
En esas condiciones, cualquier error se vuelve fatal. Un adelantamiento mal calculado, el cansancio del conductor o incluso esquivar un bache pueden terminar en una colisión directa.
Por eso no sorprende que los accidentes más mortales en esta ruta tengan un patrón repetido: impactos frontales. Y cuando el choque enfrenta a una unidad liviana contra un vehículo pesado, el desenlace es casi siempre irreversible.
Lo más indignante es que el problema tiene solución, y está dentro del propio país. Basta mirar el tramo entre Ica y Lima, donde la carretera cuenta con cuatro carriles, separadores centrales y mejores condiciones de seguridad. Allí, los choques son menos frecuentes y la circulación es más ordenada.
Entonces, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué esa infraestructura no se replica en el sur? La respuesta no es técnica. Es política.

El centralismo y la deuda histórica del sur
A nivel regional, el Perú arrastra un retraso evidente en infraestructura vial. Mientras países vecinos como Chile y Ecuador han desarrollado autopistas de cuatro carriles que conectan sus principales ciudades, el Perú sigue dependiendo, en gran parte, de carreteras de dos carriles.
Incluso la Carretera Panamericana muestra un contraste incómodo: moderna y segura en otros países, fragmentada y peligrosa en territorio peruano.
Pero lo más grave no es solo el presente, sino la ausencia total de futuro. Hasta hoy, ningún gobierno regional en Arequipa ha proyectado seriamente la ampliación integral de esta vía a cuatro carriles. No existe un plan estructurado, no hay visión de largo plazo.
La situación se vuelve aún más crítica en puntos específicos como El Pedregal, particularmente en la zona conocida como El Alto. Allí, los constantes derrumbes de cerros no solo amenazan la carretera, sino que ya han provocado la desaparición y afectación de infraestructura hídrica y eléctrica.
Y aun así, no existe ningún proyecto concreto para intervenir.
Negligencias acumuladas y un sistema en crisis
La explicación vuelve siempre al mismo punto: el centralismo. Las grandes inversiones se concentran en Lima, mientras el sur (que sostiene buena parte de la economía nacional) sigue operando con infraestructura precaria. Arequipa, Puno, Cusco… regiones estratégicas que siguen esperando una modernización que nunca llega.
A esto se suma el rol cuestionable de concesionarias como Covisur, que continúan cobrando peajes mientras el mantenimiento de la infraestructura deja mucho que desear.
El colapso del puente cercano al peaje de la Variante de Uchumayo, tras la crecida del río Chili, no solo interrumpió el tránsito, sino que golpeó directamente la economía regional. Y, sin embargo, las responsabilidades siguen diluyéndose.
Aquí no estamos frente a una fatalidad. Estamos frente a una cadena de negligencias. Porque cuando una carretera mata de manera recurrente, ya no es un accidente: es un sistema fallando.
Y mientras el país siga normalizando estas tragedias, mientras las autoridades sigan postergando decisiones y las inversiones sigan mirando solo hacia el centro, el sur seguirá enterrando a sus muertos al costado de la vía.
