¿Y Ahora Qué?| A poco más de una semana de iniciado el año 2026, resulta inevitable y necesario, hacer un balance del estado en el que se encuentra Arequipa. Lamentablemente, el diagnóstico no es alentador.
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Lejos de exhibir señales de orden, planificación o liderazgo, la región enfrenta una acumulación de problemas estructurales que afectan de manera directa la calidad de vida de sus ciudadanos y revelan una preocupante ausencia de gestión por parte de sus autoridades locales y regionales.
Transporte urbano: caos, informalidad y desorden
Uno de los rostros más visibles de este desorden es el transporte urbano. El sistema, lejos de modernizarse, permanece atrapado en la informalidad, la improvisación y la falta de fiscalización.
Rutas desarticuladas, congestión permanente y conductores que no respetan las normas de tránsito convierten cada desplazamiento diario en una experiencia caótica para miles de arequipeños. No existe una política clara ni un horizonte de solución a la vista; solo parches y silencios administrativos.
Quienes viven en Arequipa quizá se han acostumbrado a esta realidad, pero basta que un visitante llegue a la ciudad para notar el contraste. El ruido ensordecedor de bocinas, altavoces y gritos de los choferes del transporte público resulta casi insoportable.
Se trata de una práctica arcaica y desordenada que evidencia la falta de regulación. Ciudades como Cusco han demostrado que existen alternativas más civilizadas: buses que anuncian paraderos mediante mensajes internos, al estilo de un avión, sin necesidad de convertir las calles en un caos acústico permanente. Arequipa, sin embargo, parece no aprender de esas experiencias.

A ello se suma el deplorable estado de las unidades de transporte: buses y combis antiguas, deterioradas y, en muchos casos, sucias. Más allá del aspecto material, esto refleja una preocupante falta de educación cívica de propietarios y conductores, pero también la absoluta pasividad de la municipalidad provincial, que en todos estos años no ha impulsado una reforma integral del sistema.
Resulta irónico y vergonzoso que ciudades como Cochabamba, en Bolivia, ya cuenten con un sistema de metro al servicio de sus ciudadanos, mientras Arequipa sigue atrapada en el siglo pasado.
Basura, contaminación y deterioro urbano
El problema del transporte no es el único síntoma del abandono urbano. La basura se ha convertido en parte del paisaje cotidiano en diversos sectores de la ciudad. Basta recorrer, en horas de la noche, zonas céntricas como la esquina de las calles Bolívar y Ayacucho o la calle Nueva para comprobar el deficiente servicio de limpieza pública y la inexistencia de una política municipal sostenida en el tiempo.
A esto se suma la contaminación ambiental: el aire que se respira en Arequipa se ha vuelto cada vez más pesado, al punto de que quienes no están acostumbrados deben soportar condiciones claramente perjudiciales para la salud.
No es casual que el exalcalde de Arequipa, Simón Balbuena, haya confesado que cada vez que iba al centro histórico se sentía triste por el estado de abandono en el que se encontraba. Y no le falta razón. El corazón de la ciudad, que debería ser motivo de orgullo, hoy transmite desidia y poco cuidado.
Promesas estancadas y autoridades ausentes
Otro problema que se ha agravado sin control es la migración sin planificación. La ausencia de políticas claras ha derivado en invasiones de terrenos y en la expansión descontrolada del comercio ambulatorio. Calles y avenidas tomadas por vendedores informales afectan el orden urbano, generan competencia desleal y ponen en evidencia la incapacidad o falta de voluntad del Estado local para hacer cumplir las normas.
Pero el desorden no se limita a los terrenos eriazos. El propio municipio ha dado carta libre para que constructoras habiliten áreas agrícolas sin una planificación adecuada. De seguir por este camino, en pocos años desaparecerán zonas como Lambramani, sepultando con ellas el sueño de contar con un verdadero parque metropolitano para la ciudad.
En este escenario, la pregunta es inevitable: ¿Dónde están el alcalde provincial y el gobernador regional? Las obras emblemáticas que debían marcar un antes y un después para Arequipa continúan estancadas.
La carretera Arequipa–La Joya, anunciada como un eje clave para la integración y el desarrollo económico, no ha podido ser concluida pese a los reiterados plazos y anuncios oficiales. El proyecto Majes Siguas II, llamado a transformar la agroexportación y generar miles de empleos, avanza a paso de tortuga.
Arequipa inicia el 2026 con más preguntas que respuestas, con promesas incumplidas y con una ciudadanía cada vez más desencantada. La región no necesita más discursos ni anuncios grandilocuentes; necesita gestión efectiva, liderazgo político y decisiones firmes.
De lo contrario, el riesgo es claro: que el año avance, como tantos otros, entre el desorden cotidiano y las oportunidades perdidas, mientras las autoridades pasan sin dejar huella y la ciudad sigue pagando las consecuencias.
