Por: Juan Carlos Valdivia Cano
El columnista Juan Carlos Valdivia Cano analiza la situación política de Venezuela, destacando las consecuencias sociales y económicas tras años de permanencia del régimen de Nicolás Maduro. El autor resalta la postura histórica de Mario Vargas Llosa frente a las dictaduras y critica la inacción de organismos internacionales como la OEA y la ONU. Asimismo, sostiene que ante la crisis venezolana no existían alternativas ideales, planteando un dilema entre la continuidad del régimen y una intervención externa necesaria para la transición. Finalmente, el texto cuestiona la validez de los argumentos sobre soberanía defendidos por ciertos sectores frente a la realidad humanitaria del país.
- Análisis del impacto destructivo de una dictadura prolongada en la estructura institucional y social de Venezuela.
- Cuestionamiento a la eficacia de la diplomacia internacional y de organismos como la OEA y la ONU frente al autoritarismo.
- Reivindicación de las advertencias históricas de Mario Vargas Llosa sobre la naturaleza de los regímenes en la región.
- Debate sobre la soberanía nacional frente a la necesidad de una intervención que facilite un orden de transición.
- Crítica a las posturas políticas que priorizan la ideología sobre la crisis humanitaria y social que atraviesa el pueblo venezolano.
“Gente que critica a Nicolás Maduro por no tener
estudios universitarios y ser obrero.
Una mierda. ¡Fuerza Maduro carajo!”
(Gabriel Boric Font)
Venezuela mía… Cayó Maduro. Pero es una pena que se hayan dejado pasar tantos años, con todo el sufrimiento innecesario de millones de venezolanos que eso implica. Hace mucho más de 10 años que Mario Vargas Llosa demandaba a los oídos sordos de la OEA y a la ONU su decidida intervención y medidas económicas contra la dictadura de Chávez, como medio de presión.
Y el mundo intelectual occidental casi entero se le fue encima y le dijeron de todo, como cuando denunció a Cuba en 1971, como lo que es, una asquerosa dictadura, cuando casi todos esos intelectuales eran procubanos. Ahora nadie se acuerda. Siempre políticamente incorrecto, el sartrecillo valiente, contra viento y marea, pero siempre certero. Por eso lo admiramos.
El costo de una dictadura prolongada
Ahora viene una etapa durísima para Venezuela, porque una dictadura larga destroza un país en todos los aspectos, pero era mucho peor que siga todo como estaba hasta que Maduro muriera de viejo, como Castro, como Franco, como Stroessner, como Oliveira Salazar, etc.
El caos que sobrevendría de llamarse inmediatamente a elecciones impone la razonable necesidad de un poder muy fuerte que garantice temporalmente un mínimo de orden en el país para viabilizar la transición, lo que ningún grupo interno puede ofrecer en este momento.
Recordemos que aun en el modelo republicano de Occidente —la Roma Republicana— se tuvo prevista —constitucionalmente— un período de dictadura necesario en caso excepcional o extremo, como la guerra, no más de seis meses.
La falsa indignación por la soberanía
Pero ya se escuchan los lamentos revolucionarios: ¡la soberanía! ¡Han violado la soberanía!
Pero cuando uno pregunta a los camaradas cuál era la alternativa correcta, la alternativa “buena” según ellos, para aplicar el arte de lo posible, los detractores de la intervención sueltan el rollo evasivo o ambiguo para no responder directamente y con franqueza.
Porque jamás son capaces de franqueza y porque al despotricar contra la intervención norteamericana nos están diciendo tácitamente, es decir, implícita pero muy claramente, que la escandalosa y delincuencial dictadura venezolana debía seguir destruyendo ese pobre y riquísimo país hermano.
Como si hubiera habido una tercera alternativa a la permanencia de Maduro o a la intervención norteamericana. Sólo había esas dos y las dos eran malas, pero la permanencia de Maduro era infinitamente peor, si nos colocamos ——como debe ser— en la perspectiva de los millones de venezolanos que hoy saltan de contento, con toda razón, por la caída del sátrapa socialista.
Si los socialistas del siglo XXI —que ya se terminó prematuramente para ellos— fueran francos, que no lo son, gritarían, como el ex presidente chileno: viva Maduro y al diablo con los venezolanos, que es lo que menos les importa.
A pesar de que todos aquellos con los que uno se encuentra en las calles peruanas, expresan su inocultable alegría por la intervención que la izquierda mundial deplora. ¿Y la ONU? ¿Y la OEA? ¿Sirven para algo? ¿Han servido para algo?.
Solo para hacer bobalicones e inútiles llamados a la paz a fin de resolver los problemas por el derecho internacional “por la vía diplomática”, es decir “por las buenas”. Como si eso fuera posible con crápulas políticas como Maduro, Chávez, Ortega, Morales, Castro, etc.
No pueden entender que, en casos como éste, no hay alternativa buena. Solo había dos malas (como Pedrito “Alimaña” y Keiko y sus pitufos, en las últimas elecciones peruanas). Que los que se apenan por Maduro digan, por ventura, cuál era la alternativa buena, con franqueza y claridad.
No lo van a hacer porque el Tercio está hace rato excluido y lo saben. Para hablar claro se necesita honestidad y una buena capacidad autocrítica de la que ellos carecen absolutamente. O la ingenua imbecilidad del ex presidente Gabriel Boric.
