Por: Frabrizio Arrisueño Gatica
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A Tinta Fría.. Mientras medio país amanezca con el cielo gris, Martín Vizcarra se despertará con algo más pesado que el café de la mañana: la lectura de su sentencia. Y es curioso cómo la historia se ríe en nuestra cara.
El expresidente que se vendió como el cruzado anticorrupción ahora espera que un juez determine si aquellos contratos en Moquegua; Lomas de Ilo, Hospital Regional y toda esa ingeniería tan criolla, fueron obra de un funcionario aplicado o de un político que aprendió demasiado rápido cómo funciona el viejo manual peruano.
La Fiscalía quiere quince años. Vizcarra dice que es inocente. Y todos, desde la esquina que sea, ya han sacado su propio veredicto antes de que el Poder Judicial abra la boca.
Pero Vizcarra es un personaje especial: no se descompone, no pierde la sonrisa, parece convencido de que todo esto es un trámite más en su carrera política.
El Juicio de Vizcarra y la Estrategia Política que Se Juegan en Paralelo
Hasta su hermano salió a decir que está “confiado”, como si hubiera un guion previamente ensayado para que la familia proyecte tranquilidad mientras los abogados revisan, por enésima vez, el expediente. Y él, siempre tan ordenado para manejar la narrativa, insiste en que acatará lo que decida la justicia. Claro, acatar no es lo mismo que resignarse. Y mucho menos, retirarse.

Aldo Mariátegui, quien muchas veces peca de Nostradamus político, ya lanzó su advertencia: Vizcarra estaría moviéndose con un cierto perfume a ONG internacional, preparando el terreno para una epopeya ante la CIDH si las cosas se ponen feas.
Y uno lo imagina fácilmente: Vizcarra, traje oscuro, discurso solemne, apelando a ser víctima del sistema que él mismo alimentó a punta de conferencias y poses republicanas. Si le va mal, será perseguido político. Si le va bien, héroe vindicado. Al final, siempre gana algo.
Mañana lo veremos entrar con ese andar entre humilde y calculado. Puede que escuche quince años, puede que escuche menos, pero lo que es seguro es que Martín Vizcarra no da por cerrada su novela.
Y nosotros, que ya conocemos su estilo, sabemos que después de la sentencia no vendrá el silencio, sino otro capítulo de su larga estrategia para seguir en el centro del escenario. Aquí nadie se jubila.
Mucho menos él. Solo le queda preguntarse si su personaje debe continuar dentro del papel o, es momento, de realmente pasar la saliva y saber qué hacer: ser o no ser… ¿Qué hará Vizcarra?
