Por: Fabrizio Arrisueño Gatica
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A Tinta Fría… La hýbris griega. El poder. Esa palabra que deslumbra y devora, que seduce con promesas de control y termina revelando su verdadero rostro: el del exceso. Desde la antigüedad, los griegos comprendieron que cuando el hombre intentaba elevarse por encima de los límites impuestos por la razón o la virtud, caía en la hýbris, ese pecado de desmesura que todo lo contamina.
No hay llama más brillante, ni más peligrosa, que aquella que Prometeo robó a los dioses: símbolo del conocimiento y, también, del castigo que aguarda a quien se cree merecedor de todo.
El poder, en su sentido más simple, es la capacidad de hacer posible lo que uno desea. Pero en la práctica, se transforma en una fuerza que pone a prueba la naturaleza humana. Allí donde falta la prudencia, el poder deja de ser herramienta y se convierte en veneno. Esa enfermedad —la hýbris— no se cura con los siglos ni con el progreso; simplemente adopta nuevos rostros.
Hýbris Griega: La desmesura del poder y la ignorancia como enfermedad nacional
En el Perú, la desmesura ha echado raíces profundas. El deseo de dominar, de imponer, de aparentar, ha corrompido la médula de nuestra convivencia. En el escenario político, en la esfera social y hasta en la vida cotidiana, el poder se usa como un privilegio y no como un servicio.
De esa arrogancia brota el mismo mal que los griegos temían: la soberbia que conduce a la ruina. Y junto a ella, un aliado implacable: la ignorancia.

La ignorancia es el combustible de la hýbris. Alimenta la ilusión de saber, refuerza la ceguera del poderoso y sostiene el ciclo del abuso. En nuestro país, la combinación de ambas ha convertido al conocimiento en un privilegio y al poder en una forma de castigo.
Es una patología colectiva que impide el crecimiento moral, la justicia y la moderación.
No hay cura mágica ni redención inmediata. La única medicina posible —y la más olvidada— es la educación, entendida no solo como instrucción, sino como un ejercicio constante de autocrítica, valentía y mesura.
Educar no es acumular saber, sino aprender a reconocer los límites, a resistir la tentación de la soberbia y a ejercer el poder con humildad.
Porque el poder verdadero no se mide por la fuerza ni por el dinero, sino por la capacidad de renunciar, de rectificar, de mirar hacia dentro. El que domina sus pasiones gobierna mejor que quien domina un pueblo. Solo cuando esa disciplina se convierta en virtud pública, el Perú podrá sanar de la hýbris que lo aqueja desde su nacimiento como república.
