Por: Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… La muerte del profesor Javier Arcaya Chambilla en las playas de Mollendo no solo dejó una familia destrozada y una comunidad educativa de luto. También desnudó algo que venimos arrastrando como sociedad: nuestra incapacidad para manejar tragedias con la sensibilidad que merecen las víctimas, y nuestra peligrosa tendencia a construir narrativas heroicas sin verificar los hechos.
Lo que comenzó como la cobertura de un accidente se convirtió rápidamente en una “historia de héroe“: el maestro abnegado que se lanza al mar para salvar a su alumno y muere en el intento. Una narrativa perfecta para titulares, emotiva, cinematográfica. El problema es que no era cierta.
Delia Saldaña, madre del niño rescatado, tuvo que salir públicamente a desmentir la versión. Su hijo no fue rescatado por el profesor. Ambos fueron arrastrados por la corriente. Ambos lucharon por sus vidas. Uno sobrevivió, el otro no.
¿Por qué importa la diferencia? Porque ahora ese niño de sexto de primaria carga con un peso insoportable: la culpa del sobreviviente, magnificada por una narrativa mediática que lo coloca como la razón de muerte del maestro.
Imaginen el daño psicológico de un menor que, además del trauma de haber estado a punto de morir, debe procesar que los medios de comunicación lo señalan como el motivo por el cual su profesor falleció.
Entiendo, como periodista, el impulso de buscar el ángulo humano, la historia que conmueve, el titular que genera clics. Pero cuando construimos narrativas sin verificar, cuando convertimos tragedias complejas en fábulas simples de héroes y víctimas, causamos daño real a personas reales.
La familia del profesor Arcaya merece que se reconozca su pérdida sin necesidad de inventar una versión chollywoodense de los hechos. Su dolor no necesita justificación heroica.
Javier Arcaya era un maestro querido que acompañaba a sus estudiantes en un viaje familiar, que disfrutaba de la cercanía con sus alumnos de los cuales era tutor, que ese día decidió meterse al mar. Y que, trágicamente, las olas lo vencieron. Eso es suficiente.
Su muerte es lamentable sin necesidad de agregarle capas de sacrificio que no existieron.

Cordillera de Palabras: Responsabilidad y demandas sociales
Pero hay más afectados en esta historia. Están las madres que organizaron el viaje y ahora cargan con una culpa que no les corresponde completamente. Están los otros niños que presenciaron la tragedia y que probablemente necesitarán apoyo psicológico.
Está la familia del profesor, que además de procesar el duelo debe lidiar con versiones contradictorias sobre cómo murió su ser querido. Y está el sistema que falló: los salvavidas que según las denuncias no contaban con equipos adecuados, que demoraron más de 20 minutos en llegar, que no tenían señalización clara sobre los peligros del mar.
Esa es la conversación que deberíamos estar teniendo. Y es allí donde debemos apuntar para mejorar, no para restregar culpas sino como oportunidad para que no se repita el suceso, próxima también la temporada de verano.
Las madres denuncian negligencia de la Municipalidad de Mollendo. Señalan que presuntamente no había bandera roja, que el personal de serenazgo tardó demasiado, que minutos cruciales se perdieron.
Si esas acusaciones son ciertas, estamos ante un problema de políticas públicas de seguridad en playas que cobra vidas cada verano. Pero esa conversación incómoda sobre responsabilidad institucional queda sepultada bajo titulares sensacionalistas sobre “el maestro héroe“.
Aquí viene la pregunta fundamental: ¿Cómo debemos los medios de comunicación cubrir tragedias que involucran menores y situaciones traumáticas? Primero, verificación exhaustiva antes de publicar.
La prisa por ser los primeros en dar la noticia no puede superar la responsabilidad de contrastar versiones. Si las madres presentes desmienten la versión heroica, esa información debe prevalecer sobre testigos de segunda mano o especulaciones.
Segundo, protección de la identidad de menores. Publicar el nombre del niño “rescatado” no aporta nada a la información pública y sí expone al menor a señalamientos, bullying potencial y revictimización.
El derecho a la información no anula el derecho del niño a procesar su trauma en privacidad. Tercero, considerar el impacto psicológico de nuestras coberturas. Cada titular, cada nota, cada entrevista puede profundizar heridas o crear nuevas. El periodismo no es inocente ni neutral: nuestras palabras tienen consecuencias reales en vidas reales.
Javier Arcaya Chambilla merece un duelo digno. Su familia merece procesar la pérdida sin el circo mediático. El niño que sobrevivió merece sanar sin cargar culpas fabricadas por narrativas periodísticas irresponsables.
No necesitamos héroes inventados. Necesitamos comprensión, mesura, respeto por el dolor ajeno. Necesitamos periodismo que informe sin revictimizar, que denuncie negligencias sin crear chivos expiatorios, que honre la memoria sin construir mitos.
Pensemos en el peso insoportable de esa narrativa falsa. Y preguntémonos: ¿vale la pena el titular emotivo si el costo es la salud mental de un menor?
La respuesta debería ser obvia. Pero claramente, todavía no lo es.
