Por: Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… Recuerdo los domingos de mi infancia cuando el tiempo parecía estirarse como chicle. Levantarse tarde, ver “Tremors” por décima vez en el Canal 5, almorzar en casa de papá, conversar sin prisa en la mesa mientras los adultos miraban el fútbol. Un domingo duraba una eternidad, y esa eternidad era suficiente.
Hoy los domingos pasan como bala. Revisamos el celular apenas abrimos los ojos, scrolleamos Instagram mientras desayunamos, contestamos WhatsApps de trabajo “urgentes”, planificamos la semana que viene. Cuando nos damos cuenta, ya es lunes otra vez y no sabemos dónde se fue el fin de semana.
La tranquilidad se ha vuelto un artículo de lujo en el Perú de las prisas perpetuas. Vivimos en constante estado de alerta, como si algo terrible fuera a pasar si no revisamos las noticias cada cinco minutos. Consumimos información como adictos, saltando de una crisis a otra, de un escándalo político al siguiente, de una tragedia nacional a la próxima polémica en redes y a votar por el pan con chicharrón.
Nuestros abuelos podían pasar tardes enteras sin hacer “nada productivo“. Se sentaban en la puerta de sus casas, saludaban a los vecinos, veían pasar la vida. Nosotros sentimos culpa si no estamos siendo “eficientes” todo el tiempo. Si no estamos aprendiendo algo, produciendo algo, consumiendo algo, compartiendo algo.
Las redes sociales nos han entrenado para buscar dopamina constante. Un like, un comentario, una notificación, una novedad. Nuestro cerebro se acostumbró a estos pequeños picos de satisfacción y ahora el silencio lo interpretamos como aburrimiento, la calma como pérdida de tiempo.
En Lima, Arequipa, en cualquier ciudad peruana, vemos la misma escena: familias reunidas donde cada uno está mirando su teléfono. Padres que revisan Facebook mientras sus hijos les cuentan algo importante. Jóvenes que prefieren ver stories de extraños antes que conversar con sus abuelos.

Domingo perdido: La tranquilidad real requiere valentía
No creo que las redes sociales sean intrínsecamente malas. Son herramientas. El problema es que no sabemos usarlas, las dejamos usarnos. Perdimos la capacidad de estar simplemente presentes, de disfrutar el momento sin documentarlo, de conversar sin buscar validación externa.
La tranquilidad real requiere valentía. Valentía para apagar el celular, para tolerar el silencio, para enfrentar nuestros propios pensamientos sin distracciones. Para aceptar que no necesitamos estar informados de todo lo que pasa en el mundo todo el tiempo.
Tal vez deberíamos recuperar esos domingos largos, esas conversaciones sin prisa, esa capacidad de ver “Laberinto” sin sentir que estamos perdiendo el tiempo y mirar a cada rato el celular. Al final, la vida no se mide en notificaciones recibidas sino en momentos vividos plenamente.
