Por: Fabrizio Arrisueño Gatica
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A Tinta Fría... Amores Nocturnos. En las inmediaciones de la avenida Ejército, frente a la Clínica Arequipa, la noche empezaba a colorear las calles y sutilmente encendía los corazones más fervientes. Nadie imaginaba lo que pasaría, ni siquiera las almas más nigérrimas. Las voces crepitaban, los autos, al fin, descansaban: era momento de encender Élite, una discoteca que durante los fines de semana estaba repleta de jóvenes reclusos.
Alberto estaba por llegar; su amigo Alonso lo esperaba a las afueras de la discoteca, mientras que una amiga suya, Lalis, iba en camino. El destino apuraba su paso, también el amor. Transcurridos los minutos, llegaron ambos compañeros.
Todos se conocían de la Universidad Católica San Judas Tadeo: los trabajos habían unido sus historias; sin embargo, Beto y Lalis compartían lazos de tierra, pues ambos provenían de una ciudad sureña, Moquegua.
Amores: Encuentro bajo las luces de Élite
La música sonaba, los tres acababan de ingresar, subieron hasta el octavo piso de un edificio algo desgastado. Algunos zigzagueaban en la pista de baile, al igual que Alberto y Alonso. Solamente Lalis era diestra con los pies: sus pasos diagramaban un laberinto de libertad.
Sin percatarse de la hora, iban desapareciendo los minutos. Todos eran una especie de animal nocturno, a la espera de su presa; todos, sin consideración alguna. Pero, siempre existe la excepción: Beto y Lalis encontraban sus miradas, furtivamente, de vez en cuando, sintiendo una conexión única que seguía los caminos que, poco a poco, construía la música.

De pronto, siguiendo las prescripciones del amor, Alberto y Lalis se encontraban en el balcón de Élite, frente a una noche contumaz… carnívora. —¿Te puedo dar un beso? —preguntó Alberto. El silencio invadió aquel piso, haciendo que cualquier ente simplemente dejara de existir. —Sí —respondió Lalis. Alberto acercó su mano al rostro de su coterránea, y sus labios, desenfrenados, continuaron el mismo rumbo.
Ardía la noche; entre sus labios discurría una prosa oculta, e incluso un verso nacía a través del encuentro inminente de sus bocas. Las luces empezaban a apagarse; los espíritus huían nuevamente a sus cubiles, volviendo a sus cuerpos orgánicos y crónicos.
En cambio, Beto y Lalis flotaban nebulosamente, sujetos de la mano, convirtiendo lo finito en inmortal, porque eso —eso— es lo que solemos llamar, sin comprender, amor.
