Por: Sandra Bellido Urquizo
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¿Y Ahora Qué?… Machu Picchu es la joya turística del Perú, pero hoy está perdiendo brillo. No por culpa de los turistas ni por el desgaste natural de la ciudadela, sino por los intereses económicos y políticos que la rodean y que la han convertido en un botín. Lo que debería ser un orgullo nacional y un motor para el desarrollo, es hoy un símbolo de monopolios, abusos y falta de visión de Estado.
Por 29 años, Consettur ha manejado el transporte entre Machu Picchu Pueblo (antes Aguas Calientes) y la ciudadela como si fuera su feudo personal. Las tarifas son un insulto al visitante.
El extranjero tiene que pagar 24 dólares y el nacional 15 dólares por un viaje de ida y vuelta en una ruta de 8 kilómetros. Y como si no bastara, los propietarios de los buses, entre ellos personajes con poder político, se han enriquecido sin que nadie fiscalice nada y ahora no quieren soltar la mamadera.
Monopolios, abusos y ausencia del Estado
Este monopolio no es casualidad. En Machu Picchu Pueblo se ha enquistado una casta de comerciantes y empresarios locales que bloquea cualquier intento de competencia. Así, cualquier persona que quiera abrir un negocio nuevo es rechazada o presionada, mientras los precios suben y los turistas terminan pagando la fiesta de unos pocos.
Lo que antes era sencillo comprar una entrada en el mismo día y subir a la ciudadela sin mayores complicaciones, hoy es una trampa que busca obligar a los visitantes a quedarse una noche más y consumir a precios inflados en hoteles y restaurantes.
El Estado brilla por su ausencia. El municipio de Urubamba, encargado de gestionar la concesión del transporte, no convocó a tiempo una licitación para dar la concesión del servicio a otra empresa, de ahí que Consettur se haya aprovechado para movilizar a la población en protesta y hasta saboteando la línea férrea, afectando a los miles de turistas.

PeruRail e InkaRail, las grandes operadoras ferroviarias, bloquean cualquier intento de construir una carretera. Su objetivo es simple: mantener el negocio cerrado, a costa del derecho de los turistas a un acceso digno y asequible.
Pero el problema no es solo del sector privado. Cuando el Estado ha tenido la oportunidad de administrar algo, ha fracasado. Ahí está el ejemplo: antes de 1995, la Empresa Turística Regional Inka S.A. (EMTURIN) / Entur-Perú administraba el Hotel de Turistas de Machupicchu, y por la mala gestión fue concesionado a Perú Hotel SA (luego vinculado al grupo Orient/Orient-Express y finalmente Belmond).
El Perú no puede seguir dependiendo de Machu Picchu
Hoy, el Gobierno Regional del Cusco —controlado por sectores de izquierda— quiere recuperarlo, pese a que ya demostró que no sabe gestionarlo. El resultado es previsible: más improvisación, más burocracia, menos calidad.
El Perú no puede seguir dependiendo exclusivamente de Machu Picchu como su carta turística. Tenemos Choquequirao, Kuelap, los centros arqueológicos del norte y decenas de destinos que podrían diversificar el flujo de visitantes. Sin embargo, las autoridades siguen apostando a exprimir la gallina de los huevos de oro sin pensar en el mañana.
Si no rompemos los monopolios, si no abrimos el juego a la competencia y si no diversificamos nuestra oferta, Machu Picchu dejará de ser una “maravilla mundial” para convertirse en un mal ejemplo mundial de cómo destruir un destino turístico por codicia y miopía.
El tiempo se agota y la responsabilidad es compartida. El Estado debe actuar ya, los monopolios deben terminar y la ciudadanía debe exigir transparencia. Machu Picchu no es de Consettur, no es de PeruRail ni del municipio de Urubamba: es del Perú y del mundo.
