Por: Wilfredo Mendoza Rosado
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Creo Que… Por diversos motivos, seguía pendiente la visita a la Biblioteca de Mario Vargas Llosa. Hace algunos días con un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad Nacional de Trujillo, encabezados por mi “viejo” amigo Juan Vásquez, se cumplió la postergada visita. Fue un recorrido casi casi en secreto, para deleitarme con el recorrido visual por los cerca de 20 mil libros del Nobel.
Un verdadero placer, observar los libros que alguna vez leyó y subrayó MVLl, en su periplo por los lugares donde desarrolló su notable carrera de prolífico escritor.
Casi paralelo volvía sobre mi pasado, en mis primeros encuentros y deslumbramiento por La Casa Verde, La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral. Era volver por mis recuerdos literarios, un somero viaje por mis días de carencias materiales, cuando comenzaba en este oficio de contar historias. Definiendo mi vocación y posterior pasión.
Creo que: Un encuentro con la memoria y la amistad
Pocas veces, como esta cercana tarde he sido tan feliz. Porque siempre he entendido que los momentos como este hay que atesorarlos, cuidarlos para siempre. Dada mi devoción por los libros, y máxime a quien le debo tanto.
La gentileza del director de la Biblioteca, mi amigo Alfredo Herrera, fue posible en este pequeño milagro que me regaló la vida y que sigo disfrutando y reviviendo.
Líneas arriba, escribí mi “viejo” amigo Juan porque pese a recién conocernos, hablamos y revisitamos, por los recuerdos propios y ajenos, de mi paso por el norte del país: Piura, Chiclayo y Trujillo.

Hay amigos que tardan en encontrarse como Juan. Esa es la esencia de la vida siempre.
El paraíso de los libros
Al caer la tarde, divagué un rato recordando la cantidad y calidad de tantos miles de libros sobre uno de mis escritores favoritos. Estuve tentado a robarme uno, imposible, se encuentran bien custodiados, pero por breves instantes estuve en el paraíso. Ese que todos buscamos, el mío es uno con miles de libros y más libros.
Aquellos que nunca me traicionaron y más de una vez, me salvaron del abismo. Esa es la vida, esos son los instantes que me llevo hasta el final del final. Gracias Juan. Gracias Pepe.
Gracias vida por regalarme instantes fugaces, pero eternos para seguir bregando, en medio de la tristeza que a veces se impone. Porque la amistad es siempre el rayo de sol en medio de días grises.
Hasta la próxima.
