Cordillera de Palabras| “El mundo está en medio de una ruptura, no de una transición”, declaró Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el Foro Económico Mundial de Davos. Sus palabras resonaron como campanas de alarma en un salón lleno de líderes que hasta hace poco creían en la estabilidad del sistema internacional.
El escenario geopolítico actual atraviesa una ruptura del orden internacional impulsada por las políticas unilaterales y coercitivas de Donald Trump durante su segundo mandato. Las acciones del gobierno estadounidense, que incluyen el uso de aranceles como herramientas de presión y la priorización del control estratégico sobre los valores democráticos, han debilitado la confianza global en el sistema de normas establecido. Ante este panorama, se advierte que buscar refugio en la influencia de potencias como China no constituye una solución viable debido a su modelo de capitalismo autoritario. Por ello, se plantea la necesidad urgente de que el Perú desarrolle una autonomía real, fortaleciendo sus capacidades productivas y diversificando sus relaciones comerciales. Finalmente, se hace un llamado a construir una visión de Estado a largo plazo que trascienda la dependencia histórica de modelos ideológicos extranjeros.
- Advertencia sobre el colapso del orden mundial basado en reglas y la transición hacia un sistema de coerción económica y militar.
- Crítica a la política exterior de Estados Unidos por anteponer intereses de control geopolítico a la restauración de la democracia internacional.
- Cuestionamiento a la dependencia histórica del Perú de modelos extranjeros, desde el neoliberalismo hasta la posible influencia china.
- Propuesta de fortalecer la integración latinoamericana y la autonomía nacional mediante intereses pragmáticos compartidos.
- Llamado a la diversificación comercial y al desarrollo de capacidades productivas propias como estrategia de supervivencia ante la incertidumbre global.
Lo que Carney dejó claro es que el orden mundial que conocimos durante décadas está colapsando, y Estados Unidos es quien sostiene el martillo que terminará de quebrarlo.
Las acciones de Donald Trump en su segundo mandato no son simples políticas controversiales, son la demolición sistemática de la confianza internacional.
Las deportaciones masivas ejecutadas con una violencia que recuerda regímenes autoritarios, el ICE operando con impunidad criminal disparando contra manifestantes en Minneapolis, deteniendo niños, asesinando activistas; las amenazas descaradas de invasión a Groenlandia, sus presiones económicas un día, sus amenazas contra México, todo esto no son exabruptos aislados sino una declaración de principios: Estados Unidos ya no jugará bajo las reglas que él mismo estableció.
La captura de Nicolás Maduro fue celebrada globalmente como un triunfo de la justicia. Pero esa celebración duró poco cuando quedó claro que Trump no tiene intención de restaurar la democracia en Venezuela. Mantener el modelo dictatorial bajo control estadounidense revela la verdadera agenda: no le importa la democracia, le importa el control. Es geopolítica descarnada sin el barniz hipócrita de los valores democráticos.
Carney lo expresó bien: “Sabíamos que la narrativa sobre el orden basado en normas era parcialmente falsa… Esta ficción era útil debido a los beneficios que proporcionaba la hegemonía de EE.UU.” Y es que durante décadas participamos en ese teatro, todos.
Fingimos creer que Estados Unidos defendía principios universales cuando en realidad defendía sus intereses. Pero al menos había reglas predecibles, consecuencias calculables, una estructura que permitía a países medianos navegar el sistema.

Cordillera de Palabras: Perú frente a la intemperie geopolítica
Eso se acabó. Trump ha roto el pacto tácito. Ya no finge defender valores compartidos. Sus aranceles no son política comercial, son extorsión. Sus amenazas militares no son retórica, son coerción abierta. “Las grandes potencias han comenzado a utilizar la integración económica como arma, los aranceles como herramienta de presión, la infraestructura financiera como medio de coerción”, advirtió Carney.
Para Perú, esto debería ser una alarma ensordecedora. Hemos pasado décadas en una dependencia patológica de modelos ideológicos extranjeros. En los setenta y ochenta, sectores de nuestra izquierda idolatraban a Cuba y la Unión Soviética mientras Sendero Luminoso nos desangraba con teorías importadas.
En los noventa, abrazamos el neoliberalismo estadounidense con fervor. Ahora, ante el declive de la hegemonía americana, hay voces que miran con nostalgia hacia China como el nuevo salvador. Si hasta el presidente en funciones se reúne clandestinamente con operarios de ese país como lo hiciera en su momento Belaúnde o Alan García, o en otro momento los Ollanta con capitalistas brasileños y ni qué decir de Castillo con constructoras.
¿No aprendimos nada? China no es mejor opción que Estados Unidos. Su modelo de capitalismo autoritario, su sistema de crédito social, su represión sistemática de minorías étnicas, su neo-colonialismo disfrazado de “inversión” en África y Latinoamérica, todo eso debería advertirnos que cambiar un amo por otro no es liberación.
Perú necesita urgentemente adoptar esta estrategia: tenemos que dejar de buscar grandes potencias que nos “protejan“ y empezar a construir autonomía real. Fortalecer lazos con otros países latinoamericanos no desde la ideología sino desde intereses pragmáticos compartidos.
Diversificar nuestras relaciones comerciales sin entregarnos a ninguna potencia. Desarrollar capacidades productivas propias en lugar de ser eternamente proveedores de materias primas.
Esto requiere algo que nos ha faltado históricamente: visión de Estado a largo plazo que trascienda gobiernos particulares. Con Trump destruyendo la confianza en el sistema que Estados Unidos lideró durante ochenta años, es hora de enfrentar la realidad: más que nunca somos los dueños de nuestro destino, que eso se refleje en las próximas elecciones.
