Por: Mag. Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… Según la aún funcionando Sala Covid que tiene el Estado en línea, entre el 7 y 14 de septiembre se han registrado 4 nuevos casos de Covid. Acumulados este año, 69 casos, con 28 hospitalizaciones y ninguna en UCI. La realidad es que el COVID-19 no desapareció. Simplemente aprendimos a convivir con él, o mejor dicho, decidimos ignorarlo hasta que nos toca de cerca.
A nivel mundial, la OMS reporta un repunte de casos en Asia y Europa, con nuevas variantes que circulan silenciosamente. Ya no son titulares de primera plana, pero siguen enfermando y, en algunos casos, matando.
En Sudamérica, el panorama es irregular. Brasil y Argentina registran aumentos sostenidos, mientras que Chile mantiene campañas de vacunación activas. El problema es que ya nadie quiere hablar del tema. Es como ese familiar incómodo en las reuniones: todos saben que está ahí, pero prefieren cambiar de conversación.
En Perú, la situación es aún más compleja. El Ministerio de Salud reconoce subregistro de casos porque, seamos honestos, ¿quién va a hacer cola tres horas en un centro de salud para una prueba de COVID cuando puede tomarse un antigripal con mate de eucalipto, limón y miel, y seguir con su vida? La automedicación se ha vuelto norma, y los consultorios particulares no siempre reportan los casos que atienden.
Lo preocupante no es solo el virus en sí, sino nuestra respuesta social. Hemos normalizado vivir con una amenaza latente, confiando en que “ya nos dio” o en que “las defensas están fuertes”. Esa actitud funcionó para algunos, pero dejó secuelas en muchos otros: problemas respiratorios crónicos, afectaciones cardíacas, y ni hablar de la salud mental.

COVID – 19: ¿Estamos mejor preparados que en 2020?
En Arequipa, específicamente, vemos cómo los hospitales mantienen protocolos mínimos mientras la población vuelve a aglomerarse en mercados, terminales y centros comerciales. Las mascarillas son recuerdos incómodos guardados en cajones, junto con el alcohol en gel que alguna vez cargábamos como rosarios.
¿Estamos mejor preparados que en 2020? Técnicamente sí. Tenemos vacunas, conocemos mejor el virus, los tratamientos han mejorado, las autoridades sanitarias tienen capacidad de respuesta. Pero en lo emocional, social, estamos agotados. Y ese agotamiento nos hace vulnerables de otra manera.
El COVID-19 nos enseñó que somos frágiles, que los sistemas de salud pueden colapsar, que la muerte puede tocar cualquier puerta. Pero también nos mostró nuestra capacidad de adaptación, solidaridad y resiliencia.
Las preguntas son: ¿Qué lecciones conservamos y cuáles tiramos a la basura junto con las mascarillas vencidas?, ¿ante un resfrío usamos la mascarilla por respeto a los demás?, ¿seguimos con la buena costumbre de llevar alcohol en gel para desinfectarnos las manos para no adquirir otras enfermedades bacteriológicas?, y lo más importante: ¿estamos llamando a nuestros familiares de tanto en tanto para saber cómo están?
Porque si algo nos sostuvo en el tiempo de pandemia fueron los lazos emocionales fuertes que forjamos, eso no debería cambiar por la velocidad de la vida, al contrario, debería ser nuestra ancla de humanidad en la realidad.
