Creo que … | Caminaba por la Plaza de Armas de Arequipa. Un día caluroso en extremo, No tuve opción, más que resguardarme bajo una palmera, en una banca apretujado, ni modo. Cuando se acercó un viejito arrugadísimos y con total amabilidad me dice: ¿Una foto para la posteridad mi amigo?.
El autor relata cómo un encuentro con un fotógrafo en la Plaza de Armas de Arequipa le trajo recuerdos sobre su relación con las fotografías del pasado. Recuerda que a los 15 años, viviendo en el asiento minero de Toquepala, un severo caso de acné afectaba su imagen en los retratos escolares. Posteriormente, en Arequipa, experimentó con fotos retocadas que alteraban completamente su aspecto real, lo que le llevó a confrontar su reflejo y comenzar a aceptarse. A partir de estas vivencias y de lecturas formativas, reflexiona sobre la importancia de la autoestima en los jóvenes y destaca que el valor personal reside en el interior y no en la apariencia externa.
- Un ofrecimiento de fotografía en la Plaza de Armas de Arequipa evoca en el autor memorias sobre su juventud.
- Durante su adolescencia en Toquepala (Tacna), el acné severo le causó inseguridades frente a las fotografías escolares.
- Una fotografía excesivamente retocada en Arequipa lo llevó a confrontar su realidad y fomentar su autoaceptación.
- El autor enfatiza la importancia de la autoestima y el amor propio, señalando que suele consultar sobre este tema a sus alumnos.
Igual, de educado, me niego una y otra vez. Se retira en busca de otro cliente. Y vuelven los recuerdos, sobre las fotografías que son parte de mi pasado. Unas buenas y muchas malas…
Los recuerdos de aquellas fotografías
Eran los tiempos de fotos en blanco y negro, Vivía en el asiento minero de Toquepala (Tacna) y cada cierto tiempo, necesita una que otra fotografía para el colegio. Con mi madre fuimos a Barrio Obrero, al estudio Caballero (me acuerdo) . Me sacaron la bendita foto, luego de muchos chispazos, para las antiguas máquinas con rollo.
Tendría unos 15 y por esos años, me había dado el temible acné y mi rostro era presa de todos los granos del mundo. Todos, estaban en mi juvenil rostro, a mis amigos, ni uno solo, nada de nada. Ni modo, por esos días pensé que era una conjura y el tratamiento para el acné, era rudimentario. Ni modo.

Cuando mi madre, vió las fotos, me dijo: ¿Hijo pareces un monstruo? Luego me consoló, y no pude evitar sentirme de todo, menos un joven normal, porque el acné era mi enemigo, y se había ensañado conmigo.
Pasaron los años, ya en la Ciudad Blanca, ir a un estudio fotográfico era muy caro. Opté por ir al antiguo Parque Duhamel, y con esas máquinas antiguas y su flash, obtuve una mejor versión en blanco y negro.
Hasta que llegó, una versión retocada y salí como todo un galán de telenovelas, incluso con ojos verdes. No lo podría creer. “Nunca tan guapo pensé” y me largué una risotada, sin embargo, en el camino me encontré con el espejo que me devolvió a la realidad y allí mismo, comencé a quererme y a respetarme.
La autoestima como lo esencial
Hoy le llaman: autoestima. He leído a Og Mandino, El Milagro más grande del mundo, obligado en la universidad, desde antes comprendí que el amor propio es lo mejor y lo único que nos sostiene.
Siempre pregunto a mis alumnos, ¿cómo va su autoestima? Las respuestas no siempre convencen. Muchos jóvenes no se quieren.
Hoy con muchas décadas encima, gozo con los amigos de siempre y solo entiendo que tu destino, no depende de nadie, excepto de uno mismo.
El acné juvenil, dejó marcado mi rostro, las fotografías son iguales pero distintas, lo esencial no es el envase, sino lo que contiene el. Vivo tranquilo y duermo mejor, ojalá todos digan lo mismo. No lo olviden la autoestima es lo primero y lo último. Hasta la próxima.
