Creo Que | Desde pequeño o hasta donde la memoria me alcanza, pensé que papá y mamá eran invencibles. Es decir, que iban a vivir por siempre jamás. Muchos de mis amigos, hablaban de sus progenitores en pasado y me satisfacia con mi presente y soñaba con el futuro. Pese a las cientos de carencias materiales, a ambos los vi como robles, El tiempo, demuestra que nada es eterno.
El autor reflexiona sobre el envejecimiento de sus padres, quienes actualmente rondan los 80 años de edad tras una vida de esfuerzo. La columna detalla el deterioro progresivo de la salud de su progenitor, comparando su estado actual con una vela que se apaga gradualmente. En este proceso, el redactor describe una reconciliación personal con su padre para superar abismos y diferencias del pasado. El texto concluye con la importancia de preservar los últimos recuerdos ante la inevitabilidad del paso del tiempo.
- Los padres del autor, un soldador y una ama de casa, enfrentan el deterioro físico y las enfermedades a sus 80 años.
- El redactor busca una reconciliación con su progenitor a pesar de haber tenido caminos y visiones de vida distintas.
- La columna describe el proceso de vejez como una transición silenciosa y el fin de la percepción de invencibilidad de los padres.
- Se resalta la importancia de conservar los últimos recuerdos y momentos compartidos ante la cercanía del adiós final.
Cada vez que vuelvo a la casa paterna, observo todo lo que mis padres construyeron, desde paredes, hasta cuartos. Fueron tiempos difíciles, pero el mil oficios de Fabio (mi padre) me enseñó. que no hay nada imposible, cuando de querer se trata.
El tiempo me confirmó, que nunca existen imposibles, ni el amor ni en las altas y bajas de la vida. No sigo, para no develar mis pecados.
La vejez y el inevitable paso del tiempo
Ambos a estas alturas de la vida, rondan los 80 y tantos años de dura existencia. MI padre un soldador y mi madre ama de casa, fueron los pilares, que hoy poco a poco van doblando, porque ni el tiempo ni las enfermedades se detienen. Es la vejez que siempre temí. Ha llegado y se ha instalado en ambos.

Para el caso, mi padre se va alejando poco a poco. Es como una vela, que se va apagando, y aunque quería negarlo. Es imposible. Estoy, estamos resignados, como otros miles, que sufren estos síntomas de la vejez. En realidad, uno nunca se prepara para el final, No tengo la menor idea y prefiero no pensar en ello.
A estas alturas, me estoy reconciliando con mi padre. Uffff, es complicado, pero muchas veces miramos por caminos distintos y acciones lejanas, que fueron creando un abismo y aunque él no pueda decir nada, sigo pensando que con todo, fue el padre que siempre quise.
Con más bajas que altas, porque asi es la vida. Con mis hijos supongo sucede lo mismo. Algún día me juzgarán. Ese es otro cantar.
Los recuerdos que permanecen
De casualidad, leo una frase del escritor, Juan Rulfo. “Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace”. Y, en estas largas noches al cuidarlo, voy suspirando una tristeza infinita, por el inevitable adiós que parece más cercano nunca lejano.
Por momentos siento el pudor de estar contemplando un abismo ajeno, pero si centramos la vista en el fondo oscuro e insondable, nos encontraremos con nuestro propio rostro devolviéndonos la mirada- Esa mirada hoy extraviada de mi padre que dice pero no dice nada, ha ingresado en un silencio casi absoluto.
Mientras voy guardando los últimos recuerdos, los breves instantes, para que como supongo quien ya pasó por este duro trance, disponga de ellos, y nunca suficientes, para vivir de esos retazos, como esos fantasmas que van y vienen. Hasta la próxima.
