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ALMA MATINAL | El viaje

ALMA MATINAL | El viaje, artículo de opinión de Carlos Rivera.
ALMA MATINAL | El viaje, artículo de opinión de Carlos Rivera.

Alma Matinal | Cuando oí su voz luego de un buen tiempo mis sentidos empezaron a agudizarse y poco a poco mis huesos se revitalizaban ante la voluntad de mi conciencia al saber que al otro lado del auricular estaba un ser capaz de levantarme de la tumba o de sacudirme de alguna catalepsia.

El periodista Carlos Rivera relata su reciente encuentro en Lima con una mujer a la que admira, superando un estado febril para asistir a una función teatral. Tras presenciar el unipersonal del actor Edgar Guillén, ambos compartieron una cena donde el autor destaca la madurez y determinación de su acompañante. La jornada concluyó con una apresurada carrera hacia el terminal terrestre para que ella lograra abordar un bus de viaje programado a última hora. Este relato forma parte de su columna de opinión Alma Matinal, donde explora la persistencia y los vínculos personales.

  • El autor describe el impacto positivo que tuvo la comunicación con una persona cercana en su recuperación de un cuadro de salud delicado.
  • El encuentro incluyó la asistencia a la obra Ricardo III, interpretada por el reconocido artista Edgar Guillén en un formato unipersonal.
  • La narrativa resalta las habilidades interpersonales y la voluntad emprendedora de la protagonista del relato.
  • La jornada finalizó con una persecución logística para alcanzar un transporte interprovincial antes de su partida en el terminal terrestre.
Generado con IA a traves de OpenAI. Verifica los datos en el contenido original.
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Eran sus ojos, era su voz, su alma, su vida. La perfecta sincronía de una mujer fantástica creada por la más sofisticada y sagrada máquina de sueños.

Tengo la costumbre de enfermarme una vez por año. Me dura alrededor de una semana. Me tritura el dolor y los calambres mientras me sublevan los escalofríos, caigo en trances de fiebre y no deseo ningún alimento más que rodajas de mandarina.

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Era domingo y decidí llamarla por celular y saber cómo estaba. Su perseverancia y voluntad para emprender son admirables y su juventud nunca fue excusa para no creer en cada uno de sus proyectos. Como toda piscis es soñadora.

Tiene esa perspicacia empática de captar todo sin necesidad de tragarse toda una teoría. Eso que los estudiosos de la gestión moderna llaman habilidades blandas a ella parecen brotarle por los poros.

Cada punto de la piedra de sus sueños son fruto de su sacrificado anhelo creativo y la impecable resistencia ante cualquier adversidad que desde luego la hacen más admirable. Estoy seguro que «escribirá su nombre en la arena del destino» como canta Miley Cyrus. Espero me permita hacerle su biografía la cual escribiría feliz mientras tarareo canciones de Madonna o Lady Gaga.

Al oír su voz mejoré repentinamente, empecé a sentirme rebosado y mis elucubraciones me venían una tras otra. Empezamos conversar de sus nuevas aventuras que en ella siempre forman parte de un magnifico plan.

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Luego de una hora quedamos para vernos un jueves. Ver al maestro Edgar Guillén en su magnífico unipersonal interpretando a Ricardo III. Acabada la conversación volvieron los síntomas de mi malestar y había que soportarlo con dignidad geminiana.

ALMA MATINAL | El viaje, artículo de opinión de Carlos Rivera.
ALMA MATINAL | El viaje, artículo de opinión de Carlos Rivera.

Alma Matinal: el encuentro en el teatro

Llegó el jueves y tenía una agenda laboral intensa desde muy temprano. Continuaba con mis malestares. Debía visitar varios lugares vestido de saco y corbata y me fui con una mochila para cambiarme de ropa y esperar la hora para encontrarme con ella. Ardía en fiebre. Las fuerzas no me acompañaban, pero era un día muy importante como para flaquear por una enfermedad.

Con las fuerzas escasas que me quedaban pude cumplir mi tareas y a las 6 y 50 de la tarde fui al teatro a esperarla pero antes debía cambiarme de ropa, mi terno estaba húmedo por el sudor y uno no puede recibir a las musas en fachas indecorosas.

Con la mochila al hombro y mi file de documentos busqué un lugar cercano al teatro y rogué a la señora de una cafetería me permitiera cambiarme a cambio de una propina. Me puse mi ropa casual pero ya habían pasado unos diez minutos y ella me llamaba con insistencia.

La llamo y me dice que ya volvió a su casa pensando que yo había cambiado de planes. Le supliqué regresar y que aun podíamos ver la obra sin problemas. Dejé mi mochila y documentos en la cafetería con la finalidad de recogerlos más noche.

Mientras la esperaba en la puerta del teatro repentinamente se me fue la fiebre y podía respirar con serenidad y mis piernas ya no sentían esos alborozos eléctricos. Miré a varios lados y ella apareció en un taxi. Abrí la puerta y de nervios se me cayó un libro.

Estaba radiante con un traje ejecutivo, con los ojos risueños más fascinantes que habían sobre la tierra. De pronto estaba recuperado, pero opacado ante su luminoso perfil. Ya en los asientos nos dispusimos a ver la obra. Ningún espacio vacío y todos en silencio para la entrada del maestro.

Ante la luz mágica de las tablas hace su aparición Edgar Guillén, vestido con una túnica gris, una corona en su cabeza, descalzo y con su venerable genialidad de artista soberano. La plasticidad de su cuerpo sorprende con cada palabra que expresa siguiendo lo escrito por Shakespeare.

De tanto en tanto la miro de reojo y se mostraba concentrada en la obra. Acabada la presentación y todos le tributaron merecidos aplausos de pie. Fuimos a comer algo. Me preguntaba cosas y la noté un poco efervescente, tal vez un poco dura pero habían pasado años de verla y como todo ser humano desde luego, pasa por cambios.

No podía mirarle a los ojos, me mataban sus rasgos divinos, sus labios candorosos y sus cabellos enredaron «en mi alma una serpentina de alegría» como diría el amauta Mariátegui. Observó algunas canas mías, yo la veía más madura y segura en sus oraciones.

Me increpaba mi bajita voz y estado de mutis mientras que por celular era alguien más suelto. Claro que estaba acobardado y me era imposible acomodarme mientras me tomaba un saludable tiempo a resistirme ante sus encantos.

La carrera para alcanzar el bus

De pronto me dice que tiene que viajar a las 10 y 20 de la noche. Su pasaje ya está comprado. Hace llamadas y está decidida a viajar. Me pongo triste, quiero que se quede. Pero es imposible, no llegaríamos en 10 minutos al Terminal Terrestre. Pero su testarudez siempre va atada a cumplir lo que se propone. Subimos a un taxi esperando alcanzar el bus. Llegamos en 7 minutos.

Al ingresar al recinto empezamos a correr como locos a fin de ubicar a la unidad. Llegamos y el portero de la rampa que controla el ingreso me dice que la unidad ya ha partido pero ella no se amilana y pregunta, a quien atendía la oficina de transportes donde compró el pasaje, donde podía alcanzarlos.

Con su abrigo entre manos, su cartera y sus tacos N° 12 emprendimos la retirada para ubicarlo en las afueras de la empresa Flores Hermanos. Sé que mi tarea es avanzar y detener ese bus a como dé lugar.

Y corro con todas mis ganas sorteando autos y gentes sabiendo que ella me sigue como Julianne (Julia Roberts) en La boda de mi mejor amigo y claro que yo me creo el sexi George (Rupert Everett) que desea cumplir con su deber ante las circunstancias mientras en mi cabeza suena la canción de la película, «I Say a Little Prayer four you».

Diviso el bus y le grito al conductor que no parta, falta una pasajera pero tiene el motor encendido y no quiere esperar mucho. El ayudante abre la puerta y piensa que soy quien viajará pero le digo que espere, falta una señorita por favor.

Está a unos metros, le indico (ella estaba desde luego más lejos). Son segundos. Con una mano en el carro atento a su aparición veo que cruza la avenida y por fin, agotada, con su cabello desordenado logra subir al bus. Yo debo irme. Me entristece su partida.

Voy al centro de la ciudad a recoger mi mochila con mi terno y los documentos. Llego con las justas. Tomó un taxi y en el trayecto suena «Vientos de cambio» de Scorpions. No quiero hablar solo deseo revivir cada segundo de su visita. Voy llegando a mi casa al compás de «Mariposa tecnicolor» de Fito Paez. Celebro el buen gusto musical del chofer.

Me recuesto en la cama. Pasan unos minutos y de nuevo la fiebre, los escalofríos, la angustia y los sudores de mi cuerpo vienen a cumplir con su ritual en mi organismo. En mi delirio de madrugada voy recordando la ternura de su mirada, su femenina postura en el restaurante, sus dedos largos y uñas pintadas de blanco.

Cada segundo con ella se me revela nítidamente mientras me tuerzo de dolor. De pronto, aparece el maestro Edgar Guillén con su frase final: «¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!» y yo me pierdo en el fantástico color de sus ojos grises como si fuera el olimpo donde mi cuerpo se entrega a su inmortal placer y viajo como una nube, como una gota de lluvia buscando reposar en una flor.

En el trance viene la guitarra de Los Kipus anunciando aquella canción de «Rosa Té». Y en mi corazón se anuncia un hermoso concierto donde todos mis mundos se confunden con su nombre.

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