Alma Matinal| Hace poco conversaba (con un acento un tanto escapista) sobre mis tristes sentimientos de nadería que me poseen de vez en cuando. Mi tesis es que además de ser un infeliz escritor con una pequeña obra soy una sombra que aparece a veces en las reuniones vanidosas de pompa y pluma. Estoy pero no existo.
En su artículo de opinión, Carlos Rivera reflexiona sobre una trayectoria vital marcada por la invisibilidad y el anonimato persistente desde su infancia hasta su carrera literaria. El autor relata diversos episodios donde su identidad y logros fueron ignorados, atribuidos a otros o simplemente borrados por circunstancias fortuitas. A través de una narrativa introspectiva, Rivera asume su condición de hombre sin historia oficial frente a una sociedad que parece omitir su presencia física y profesional. Finalmente, el texto describe una aceptación melancólica de esta realidad, encontrando en la literatura el único espacio para procesar su existencia y desadaptación.
- El autor expone su sentimiento de nadería e invisibilidad social a pesar de su labor como escritor en el sur del país.
- Relata antecedentes de salud críticos en su niñez que marcaron los primeros signos de su aislamiento y fragilidad vital.
- Describe omisiones sistemáticas de su identidad en ámbitos escolares y profesionales, incluyendo errores en fotografías de promoción y falta de crédito en proyectos periodísticos.
- Detalla cómo su figura es frecuentemente confundida con la de su hermano o relegada a un segundo plano incluso en eventos propios.
- Concluye con una aceptación de su estatus como sujeto invisible que utiliza la literatura para reclamar su humanidad palpable.
Con mi miserable espectro –y talento- reclamo existir desde mi palpable humanidad que alguien superior me concedió para que circulara por este mundo hasta que mis huesos sean polvo y pueda cantar en los cielos del infinito junto a Bob Dylan.
Pero, haciendo un recorrido a lo largo de mi vida confieso que esto no es asunto de pose literaria (ni repentino resentimiento) sino un acto de silencio y negación que vienen desde mis años infantes cuando pretendía ser alguien o mezclarme con la manada de mi proceso vital. Entonces, debo aceptar mi realidad con lo que me toca.
Si hay seres humanos con desgracias mayores: mutilados, enfermos crónicos, cicatrices en el cuerpo, abandonados, solitarios, etc. etc. Debo aceptar mi condición de sujeto invisible que practica la literatura. Además de mi desadaptación para el amor y sus actos esquivos contra mis pobres ilusiones.
Alma Matinal: infancia, los primeros signos de invisibilidad
Cuenta mi madre que debí morir cuando tenía un año. Ya los doctores me desahuciaron vieron en mi pobre cuerpo raquítico un inmediato cadáver.
Pero al momento de bautizarme para que me vaya al cielo en paz y una noble abuelita me roció agua bendita y grité con todas mis fuerzas, grito que conmovió a los doctores que volvieron a revisarme y por milagro, o lo que sea, recuperé fuerzas para seguir existiendo.
Pero si un impulso maldito o de otro mundo quiso llevarme, luego a los 3 años volví a enfermar quedando invalido por dos años y lo único que podía hacer era mirar el cielo y calentarme en un sillón viejo y esperar la muerte mientras mis tíos me colocaban unas mantas para que no sienta frio.

En la primaria memoricé varios poemas que me gustaban. Intentando llamar la atención de mi profesora para salir en las actuaciones. Pero nunca me hizo caso. Siempre le encargaba a otros alumnos con menos memoria que la mía salir a declamar en las actuaciones del colegio. Eran los comienzos de mi invisibilidad.
Recuerdo que en una fiesta escolar celebrando la primavera fui hasta mi casa y le rogué a mi tía me prestara el tocadiscos para el colegio. Bailamos como nunca el repertorio de Indochina, comimos golosinas a montón.
La profesora después de unos días trajo hermosos recuerdos para todos. Pero, no alcanzó para mí. Me prometió dármelo pronto pero no lo hizo. Resignado, no insistí. En sexto de primaria el municipio de mi distrito mandó a un fotógrafo para perennizar las promociones de las escuelas privadas y públicas de la zona.
Esperamos con ansias dicho libro hasta que un día aparecieron unos señores y nos repartieron la obra y justo en la parte donde estaba yo aparecía una mancha que se difuminaba pero eso si en la leyenda estaban mis nombres y mis apellidos.
Todos mis compañeros se reconocían emocionados y yo regresé con mi libro y lo entregué a mi madre. Ella me consoló con sus brazos de miel y traté de olvidar el asunto. Me pellizcaba para tal vez palparme de que no fuera un espíritu.
Adolescencia y juventud: vivir a la sombra
En la secundaria fundé el club de periodismo, armé los periódicos murales y hasta una pequeña radio interna que proveía de noticias. Al regresar el próximo año escolar me di con la sorpresa que nadie recordaba lo que había hecho en el club de periodismo.
Hasta les recriminé a nuestro tutor para que les dijera a mis compañeros el trabajo que hice. Me mandó a volar y todos se reían cada vez que me veían cruzar el patio.
Luego de un mes convocaron a elecciones para el elegir a un nuevo presidente del club. Ya no me importaba y en los recreos iba a la biblioteca a esconderme en el maravilloso mundo de las ficciones que eran mi único confort.
Durante la primaria y secundaria nadie me llamaba por mi nombre sino se referían con el apodo dedicado a mi hermano con el que estudiamos al mismo tiempo pero en secciones diferentes.
Yo tenía mi propio mundo, pero para ellos solo era la prolongación de la vida de mi hermano. Cuando salía a la calle o a jugar con los chicos de otros barrios me hablaban como si fuera mi hermano y yo les recalcaba que soy su menor y tengo mi propio nombre.
Pasaron décadas y mis recuerdos no existen entre las remembranzas que hacen mis amigos en algunas borracheras. Y solo asiento con la cabeza de que me metan en las historias que vivieron con mi hermano y crean que las hicieron conmigo. Es insulso hacerles ver la verdad.
Cuando presenté mi primer libro una periodista del diario “El Pueblo” me hizo una entrevista prometiendo que iba a salir en unos días. Grande fue mi sorpresa cuando me llama y me dice que había salido en la portada del decano de la prensa arequipeña.
Compré el diario y efectivamente aparecían los presentadores, pero justo a un costado solo se veía un pedazo de mi codo como explicaba Jerry Maguire (Tom Cruise) de su trabajo como representante de grandes deportistas.
Le reclamé a la periodista y me dijo que más bien debía estar agradecido por salir en tan importante medio. Le digo que precisamente yo –autor del libro- no salgo.
Un joven periodista, con mi libro en mano, el cual le regalé me encuentra luego de unos días por uno de los ambientes de una feria y me dice que si ese libro (donde está mi nombre) lo hice yo.
Pensé que era un ejercicio de sorna o alguna excentricidad que a veces ataca a las gente distraída pero inteligente. Pero su verbo denotaba simpleza y ramplonería.
De las tres enamoradas que tuve ninguna me menciona como parte de sus experiencias. Algunas de ellas ya ni me recuerdan cuando las encuentro y trato de ser cortes e intento platicar sobre amistades en común o sonsacarle proyectos o esas cosas que preguntamos para no quedar como salvajes. Pero, nada.
En una transmisión en vivo de una ex (vía tik tok) anunció que revelaría detalles de sus amores. Me tragué todo el tiempo pensando oír el rastro de mi presencia en su relato, pero ni por piedad lo hizo.
Recalcaba que solo esos mencionados significaron ser algo especiales. Mis tres años a su lado no significaron nada importante. Incluso mencionó a los tipos que la maltrataron o fueron experiencias fallidas, pero yo no llegaba ni a ser un “mal momento”.
En una reunión de amigos otra ex detalló con grandilocuencia una historia con su actual esposo y con quien habían pasado una torrencial lluvia y tuvieron que sacarse los zapatos y caminar descalzos pero ella se cayó y fue arrastrada unos metros en la avenida Venezuela que da al mercado El Palomar.
Y su pareja la condujo cerca de un parque y en un rincón entre la lluvia y los rayos le lavó las heridas. Solo un pequeño detalle: el tipo que hizo eso, fui yo.
La condena del recuerdo que no existe
No tengo recuerdos de mi infancia ni de mi adolescencia. En las pocas fotografías que hay de la secundaria salgo de espalda o con una luz fuerte que nubla mi rostro. Todas mis imágenes son desgraciadas. Mis hermanos tienen fotos de sus momentos especiales. Yo no.
Es más cuando mi tía compró una cámara Kodak me encargué de tomarme varias fotos pero cuando las revelaron no salieron las mías. La mala suerte de un condenado al sinsabor del olvido.
Trabajé seis años en un conocido diario. El director era un impecable hombre justo y sabio que tuvo unas palabras elogiosas hacia mi durante la presentación de mi primer libro. Me dijo que era uno de sus hijos y yo casi lloro por ese cariño dicho en público.
Pero a pesar de esos actos ninguno de los colegas camaradas de prensa me recuerdan en los trajines de reportero, algunos, incluso ahora me hacen entrevistas preguntándome a que me dedicaba.
Con sutileza trataba de hacerles recordar que caminábamos juntos y hacíamos comisiones periodísticas en los lejanos tiempos de compartir las oficinas de un medio de comunicación.
Cuando ya bordeaba los 30 y estaba sumergido en mis tareas de escritor fui presentado como ingeniero, sociólogo, abogado y múltiples oficios y nadie se le ocurría que mantenía un romance endemoniado con las palabras. En otras presentaciones públicas se olvidaban de mi nombre, susurran “¿quién es este?”.
Afligido y discreto como Bartleby, el famoso cuento de Herman Melville que inspiró a Enrique Vila-Matas su libro “Bartleby y compañía” salía del auditorio y me perdía en las calles de mi ciudad melancólica con sabor a sillar fumando cigarrillo tras cigarrillo esperando que el humo me disuelva y me extravíe por los cielos.
Cuando tenía 19 años fungía de entrenador de fútbol de un equipo de menores al que bauticé con el nombre de mi grupo favorito de thrash metal, Pantera.
Desde luego podía jugar en la categoría sub 20 pero tenía pocos motivos para desempolvar mi carnet habilitado, hasta que ese día llegó.
Mi reciente enamorada fue a la cancha a ver uno de los partidos que dirigía. Pero el clima conspiró a mi favor: faltaba un jugador. Así es que me puse short y la camiseta.
Una fuerte lluvia acechaba la tarde y en las tribunas ella estaba protegida por la sombrilla del recinto deportivo junto a otras personas. Sentía el agua en mis mejillas y con la mezcla del barro y los gritos parecía la gran película de mi vida frente a mi amor alentándome. El partido estaba empatado y era imposible romper el marcador.
Yo no era bueno jugando, mis condiciones consistían en indigentes maromas con los pies, pero con una férrea voluntad de darle una alegría a mi musa. Hasta que el árbitro cobró tiro libre.
Desde luego tenia mejores jugadores para realizar ese tiro, pero mi seguridad era tan firme que les dije que yo patearía esa jugada. Acomodé la bola, me limpié las gotas de lluvia de mi rostro, pisé fuerte y cerrando los ojos clavé la pelota en un ángulo imposible. Gol. Todos me abrazaron.
Ya luego en casa de mi enamorada y junto a los amigos del barrio comentábamos las incidencias del partido. Les relaté con detalle mi gol y además parecía insulso porque muchos estuvieron allí y esperaba solamente sus gratitudes, pero nadie recordó nada.
“¿Cuál gol?” mi enamorada con ternura compasiva me dio un abrazo simulando creerme que aquella tarde hice un gol y fui una estrella fugaz que llevó a su equipo a la victoria.
Debo asumir mi realidad como Augusto Pérez en la “Niebla” quien creyó poder controlar su destino ajeno a los designios de su creador, Miguel de Unamuno quien había decidido su muerte.
Como espectro, mutante, fantasma o un ser humano normal debo cumplir el camino de mi existencia: escribir.
Debo guardar en mi memoria los ojos de las personas que amo, recordar los besos que me elevaron, los besos que aún me faltan, recordar la voz de mi madre, el ruido del agua que pasa por mi casa, el roce de mis libros ante cada ataque de nostalgia.
Si todo o nada es real solo debo luchar hasta que el viento me lleve mientras lea un cuento de Borges y me haga partículas y mi corazón se aquiete por alguna música que me traslade a mi infancia, allí donde la fantasía y la realidad se entremezclan y vivimos eternamente.
