Carecía yo de las dos cosas más
importantes: gran magnetismo
animal y dinero.
F. Scott Fitzgerald
El periodista Carlos Rivera relata sus vivencias juveniles en la escena nocturna de Arequipa previa a la declaratoria del Centro Histórico como Patrimonio Cultural de la Humanidad. El autor describe el contraste social entre discotecas populares como Power y espacios de mayor estatus, detallando una intervención policial en la que varios jóvenes fueron detenidos en la comisaría de Santa Martha. A través de este testimonio, se analiza la estigmatización social de la juventud de la época y la precariedad de los locales nocturnos que operaban sin las licencias de funcionamiento adecuadas. Finalmente, Rivera reflexiona sobre la evolución de aquellos jóvenes, quienes, pese a los prejuicios de entonces, lograron integrarse exitosamente a la vida profesional y ciudadana.
- Carlos Rivera narra su experiencia en discotecas populares de Arequipa como Power y Efectos durante su etapa juvenil.
- El relato destaca las graves carencias de seguridad y la falta de licencias de funcionamiento en los locales nocturnos del centro antes del año 2000.
- Se detalla una intervención policial que resultó en el traslado de estudiantes a la comisaría de Santa Martha, evidenciando el caos administrativo de la época.
- El autor cuestiona los prejuicios sociales que etiquetaban peyorativamente a los jóvenes que frecuentaban estos espacios de esparcimiento popular.
- La crónica concluye observando que muchos de esos jóvenes se convirtieron con el tiempo en profesionales destacados y ciudadanos productivos.
De causa a a ciudadano
Alma Matinal| Cuando tenía 18 años mi soledad juvenil y suplicios existenciales por querer descubrir nuevas formas de afecto me obligaron a transar con los códigos de relaciones sociales necesarias para encontrarme a mí mismo. Mi mundo interior estaba lúcido con Schopenhauer.
Trataba de romperme la cabeza con el existencialismo de Sartre (aún no había leído a Sofocleto y tal vez no me hubieran afligido tanto estos tomentos metafísicos). Literatura, un poco de filosofía, algo de historia y el fútbol comandaban mis impulsos. Pero el cuerpo llama a mirar que las chicas gustan del baile y los amores aparecen en esos «rituales del cuerpo».
Un amigo del barrio destruyó toda mi experiencia sentimental (literaria) y me instigó a seguirlo por esos lugares donde rozagantes muchachitas esperaban gozar del desenfreno.
A nadie parecía importarle que leyera a Shakespeare y tampoco podía cautivar la atención de mi hermosa vecina recitándole versos de Neruda o Benedetti mientras ella bailaba perfectamente «El Meneíto» de Natusha. Era gil, y podía morir gil, como me diría en estos tiempos un destacado editor e indignado antiliberal.
Necesitaba más calle y desde luego, rumba.
El ágora de estas emociones era la discoteca. Ya Morgan Freeman interpretando a Dios en Todopoderoso II (2007) dijo que establecía que el nuevo mandamiento era el baile. Fui llevado por mi amigo (sí, él es culpable) a esa discoteca llamada «Power» que tenía su vehemente rivalidad con la «Efectos».
Ambas ubicadas en lo que ahora conocemos como el Centro Histórico de Arequipa antes de ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000. No eran discotecas para burgueses o chicos de colegio parroquial o privado. La entrada era 50 céntimos y a veces comprar un chicle.
Para divertirse con clase estaba la «Fragavos» ubicada en el Portal de Flores. A veces para sentirme parte de la Gente Como Uno (GCU) me iba al Panorámico mezclándome con la muchachada cool y que en ese tiempo oía rock alternativo.

La escuela de la noche
En ese momento descubrí mis poderes de hombre invisible: marrón y gil. ¡Aplaca tu ira Dios mío! Yo, era un bizarro jovencito metalero y cumbiambero. En mi imaginación tocaban juntos Alice Cooper y Chacalón. El pogo y el pasito cuchillero.
Los humildes zapateaban con las canciones de Ace of Base o las de Tecnotronic y otros clásicos de las discotecas populares y que en otros países desarrollados las bailan sin prejuicio alguno. Recuerdo tristemente la última vez que estuve en la «Power».
Mi amigo salió a bailar muy avezado con su amiga e hizo suya la pista. Yo le hablaba a una chica quien fumaba cerca de la barra y me compartía su ficticia vida (mentir es un deber moral en las discotecas). Los sudores del cuerpo al ritmo de la música y las luces de colores daban el toquecito melancólico y audaz de una manchita de impertinentes dispuestos a vivir esta eternidad de canciones hasta que el cuerpo resista.
Yo bailando con ella y clavando mis ojos en su roja boca moviendo torpemente los pies simulando experiencia en estas lides. De pronto, la policía ingresó con algunos carajos y todos al suelo, sacaron a muchos escondidos de los baños sucios. 30 jóvenes fuimos a la comisaria de Santa Martha.
Algunos eran estudiantes de las academias preuniversitarias, o chicas menores de edad que se fugaban de los colegios nacionales de turno tarde y caleteaban sus uniformes en sus mochilas. Al momento en que estaba dispuesto a subir a la parca un efectivo me detuvo. Tal vez compadecido por mi cara de gil ordenó que me fuera.
Mi amigo me contó que soltaron a todos ese día a las 11 de la noche luego de papeleos y compromisos. Y, desde luego la foto para la prensa con estos malandrines.
Me relató que las madres de muchos fueron a la comisaria a pedir que los policías le pegaran a sus vástagos para sanarlos de sus malas conductas. Otras más audaces pedían que los dejen por tres días y los azoten calatos.
Ritos, baile y desarraigo
El local obviamente no tenía licencia de funcionamiento, eran los tiempos de absoluto caos en el Cercado y tampoco cumplía los requerimientos de Defensa Civil o recomendaciones de la Municipalidad Provincial de Arequipa. Nunca vi un extinguidor y los baños olían mal y mucho menos estaban pintadas las zonas de seguridad.
Pero nosotros la pasábamos chévere en esa morada de alegría. Sospecho que éramos unos buenos para nada. La gente fácilmente podía acusarnos de ser una lacra social e hijos de familias disfuncionales. Nuestro lenguaje y caras delataban nuestro futuro delincuencial.
Yo ni pensaba en la universidad. “¿Para qué gastamos nuestros impuestos en mantener a estos imberbes malnacidos?“ Se oirán voces de dignas personalidades ciudadanas creyéndose los guardianes de la moral pública y del razonamiento intelectual más elevado que el Everest. «Gente de mierda y gente bruta». «Chibolada sin futuro, carajo».
Esta gente de mierda hizo familias, de su disfuncionalidad salieron algunos buenos padres de familia, profesionales destacados o negociantes. Son más preparados que yo y valen más que el mejor ministro de Vizcarra. Algunos de mis conocidos de esos tiempos, ya panzones y con canas, aún recuerdan sus pasitos de baile. La escuela de la vida nunca se olvida.
Yo me hice periodista y desde luego nunca aprendí a bailar y tampoco a enamorar. Soy un gil realizado. He cumplido mi profecía: vivir de las palabras.
