Creo Qué| Subo a la combi, voy por las compras para mi casa. Es una costumbre que arrastro desde joven, gracias a mi madre. En fin, esa es otra historia. Vayamos a esta. En el trayecto, observo a una joven mamá (supongo) llorar muy queda…Una y otra lágrima, le surcan su joven rostro. Al costado, un niño de unos 10 años (igual supongo) solo la observa. Con una mirada triste, tristísima diría.
El artículo de opinión titulado CREO QUE… Lágrimas propias y ajenas, escrito por Wilfredo Mendoza, relata un encuentro fortuito en el transporte público con una madre y su hijo que atraviesan una situación de tristeza y carencia. Este suceso sirve como detonante para que el autor reflexione sobre las dificultades económicas y los sacrificios familiares que marcaron su propia infancia. El texto aborda de manera introspectiva la resiliencia humana frente a la adversidad y la importancia de mantener la fe en tiempos complicados. Finalmente, Mendoza enfatiza la necesidad de persistir en los sueños personales a pesar de las inevitables penas y fracasos que presenta la vida.
- Encuentro con una joven madre y su hijo en una unidad de transporte público que evidencia signos de tristeza y precariedad económica.
- Reflexión del autor sobre sus propios recuerdos familiares relacionados con la lucha de su madre para costear estudios universitarios.
- Análisis sobre la naturaleza universal de los sufrimientos personales y las incertidumbres de la vida cotidiana.
- Llamado a la resiliencia y a mantener la capacidad de soñar frente a los obstáculos y fracasos.
- Énfasis en la importancia de la fe y el esfuerzo diario como motores para superar las lágrimas propias y ajenas.
Me observa el niño, y esquivo su triste mirada. Es inevitable que piense en mis hijos. Me pregunto, ¿ qué le sucederá a la señora, para que llore? La verdad, hubiera querido preguntarle, pero es imposible abordar a una extraña. No lo hago, menos ahora, donde la desconfianza es cosa de todos los días.
Creo qué: La escena que no se olvida
De pronto, abre su vieja bolsa y saca un pan, que le ofrece al niño. Este lo acaricia, lo frota, y se lo engulle muy rápido. Sigo suponiendo, debe tener hambres atrasados. Su mirada extremadamente triste, debe estar preguntándose, ¿ qué le pasa a mi madre, porque llora? (Supongo una vez más).
Bajo de la sucia combi, donde se mezclan todos los olores, y me sigue persiguiendo esa escena. Nunca sabré el motivo del llanto de la señora. Será por siempre un misterio, como el que tenemos todos en la extraña vida, que a veces nos toca vivir. ¿Problemas económicos, violencia, infidelidad? En fin, sigo como en esta triste situación, suponiendo, y disculpen amigos (as) lectores. Mil disculpas.

Retazos del pasado
Casi casi en paralelo, he vuelto a recordar las lágrimas de mi madre cuando no alcanzaba el dinero. Cuando llegaba la hora de pagar las pensiones de la universidad, y éramos tres. Lloraba y rogaba en silencio, ¿cómo haremos para pagar? Recuerdo, que solo atinaba a decirle, dentro de mi irresponsabilidad…Tranquila madre.
Ya veremos, y nunca perdió la fe (supongo bien) porque por obra y gracia de Dios le alcanzaba. Fueron tiempos complicados, como siempre escribo. Son esos retazos del pasado, que siempre uno esconde, pero nunca se olvidan. Nunca.
La señora de la historia, tiene y tendrá, como todos su propia vida. Sus altas y bajas. Sus éxitos y fracasos. Debo admitir, que me persigue, la mirada triste pero inocente del niño, porque me recuerda, mi niñez, muy alegre, pero con grandes nubarrones. Tal vez, demasiados. En fin, son los sucesos que van y vienen y nos van marcando, como sucede con la señora N, o mi madre, que nunca flaqueó. Felizmente.
A veces me pregunto, ¿ cómo hubiera sido mi vida sin esto o sin aquello? No hay marcha atrás, son lo que me tocó vivir, y lo que toca a todos. Son el camino inevitable que transitamos. Con alegrías y con penas. Con amores o sin ellos. Con éxitos pocos, y muchos fracasos. Pero vamos tranquilos, con fe, con mucha fe. Se puede matar al soñador, pero no al sueño.
En buen romance, ojalá, ese niño nunca deje de soñar, como el suscrito. Y como todos, porque venimos por una razón. Una sola. La clave está en buscar el motivo. En la vida hay algo peor que el fracaso, las historias o no haberlo intentado. Vale la pena intentarlo todos los días, al margen de las lágrimas propias o ajenas.
Seguir hasta el último aliento. Además, se dice que las historias se escriben para saber como acaban. Tal vez se escriban para saber como comienzan.
Hasta la próxima semana.
