Por: Sandra Bellido Urquizo
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¿Y Ahora Qué?... Faltan pocos días para que acabe este 2025 y podemos decir que en cuestiones políticas nos ha ido como siempre, con inestabilidad. Una palabra que ya no sorprende, que se ha vuelto rutina y que, lejos de ser una excepción, se ha convertido en el sello permanente de la política peruana.
El año que se va quedará marcado por un hecho que resume el agotamiento del sistema: la vacancia presidencial de Dina Boluarte. No fue un desenlace inesperado, sino el final anunciado de un gobierno sin legitimidad social, sin rumbo político y sostenido más por intereses parlamentarios que por el respaldo ciudadano.
La vacancia no cerró una crisis; apenas confirmó que el país sigue atrapado en un ciclo donde los presidentes caen, pero los problemas permanecen.
Tras su salida, el Ejecutivo volvió a evidenciar su fragilidad estructural. Cambian los rostros, pero no la forma de gobernar: improvisación, miedo a tomar decisiones y una constante subordinación a intereses congresales.
El poder político, una vez más, demostró que gobierna mirando el corto plazo y no el futuro del país, aunque José Jerí intente hacer lo mejor posible, aunque desde una posición no muy cómoda como presidente interino.
¿Y Ahora Qué?: congreso desconectado y fragmentación política
En el plano institucional, 2025 no fue un año de reformas estructurales, sino de parches. Se habló mucho de estabilidad macroeconómica, pero se hizo poco por fortalecer la estabilidad democrática. El país siguió creciendo en cifras, pero retrocediendo en confianza. Y sin confianza, cualquier crecimiento es frágil, casi ficticio.
El Congreso, lejos de asumir un rol responsable en este contexto, continuó operando como una isla desconectada de la realidad nacional, más preocupado en asegurar cuotas de poder y privilegios.

Blindajes selectivos, reformas hechas a medida y una desconexión total con las urgencias ciudadanas reforzaron la percepción de que el Legislativo no es parte de la solución, sino un componente central del problema y que la política es sinónimo de cálculo, improvisación y supervivencia personal.
La fragmentación política alcanzó niveles casi grotescos. Decenas de aspirantes presidenciales rumbo al 2026, partidos convertidos en cascarones electorales y alianzas sin ideología ni proyecto nacional revelan una verdad incómoda: en el Perú no hay competencia de ideas, sino de egos. El sistema no produce liderazgos; recicla ambiciones.
A ello se suma la condena de tres expresidentes: Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Martín Vizcarra, quienes hoy cumplen sentencia en el penal de Barbadillo. A este cuadro se añaden el asilo político otorgado a Nadine Heredia y a Betsy Chávez, este último caso tan polémico que incluso obligó a Perú a la ruptura de relaciones diplomáticas con México.
Inseguridad, desgaste institucional y un 2026 incierto
Mientras tanto, en las calles, la inseguridad avanzó sin pedir permiso. Extorsiones, asesinatos y mafias impusieron su propia autoridad frente a un Estado desbordado. Los estados de emergencia se repitieron como rituales inútiles y la sensación de abandono se volvió parte del día a día de millones de peruanos.
Paradójicamente, una de las noticias que más esperanza generó en 2025 no vino de Palacio ni del Congreso, sino del Vaticano. La elección del papa León XIV marcó un momento de atención mundial y despertó expectativas de renovación moral, diálogo y justicia social en tiempos de polarización global.
Para muchos peruanos, ese acontecimiento contrastó dolorosamente con la precariedad ética de su propia clase política.
Tampoco fue un buen año para el diálogo ni para los derechos. La protesta social siguió siendo criminalizada y la crítica incómoda, silenciada. En lugar de escuchar el descontento, el poder optó por minimizarlo, al menos en la gestión de Dina Boluarte que decidió hacer oídos sordos, como si con ello negara lo que estaba pasando en el país.
Y, sin embargo, el país siguió funcionando. No gracias a la política, sino a pesar de ella. A los ciudadanos que trabajan, emprenden y resisten sin discursos ni privilegios. Ellos, una vez más, sostienen al Perú mientras la clase política se disputa el poder.
Así se va el 2025: con una presidenta vacada, instituciones debilitadas, inseguridad por doquier y una democracia que sobrevive, pero no se fortalece. Un año que confirma que el principal problema del país no es la falta de recursos, sino la pobreza de liderazgo.
El 2026 ya se asoma en el horizonte. La pregunta ya no es si volveremos a hablar de inestabilidad, sino si alguna vez estaremos dispuestos, como sociedad, a romper este ciclo que se repite año tras año como una mala costumbre nacional.
Volver a las urnas y elegir no será fácil, pero ojalá nuestros próximos gobernantes no den la espalda a esta ciudadanía que solo quiere una sociedad más segura y justa.
