Por: Sarko Medina Hinojosa
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Cordillera de Palabras… Caminar por el centro de Arequipa a las dos de la tarde se ha convertido en supervivencia extrema. El sol no solo calienta, quema. La radiación ultravioleta alcanza niveles que hace diez años parecían imposibles, y la sensación térmica en las calles sin sombra supera fácilmente los 30 grados.
Y mientras la ciudad arde bajo un sol cada vez más agresivo, seguimos asfaltando, cementando, quitando los pocos árboles que quedaban para meter más carros, más edificios.
Arequipa tiene uno de los índices de radiación ultravioleta más altos del país. Hablamos de niveles extremos que llegan a 14 o 15 en verano, cuando la OMS considera peligroso cualquier índice superior a 11.
Cada día sin sombra, cada hora expuestos a esa radiación, acumulamos daño en la piel y en los ojos. Los casos de cáncer de piel se incrementan año tras año, pero seguimos actuando como si el sol fuera una molestia pasajera.
Cemento vs. sombra: cómo Arequipa destruye sus defensas naturales
La respuesta más básica es plantar árboles. Árboles que den sombra, que refresquen el ambiente, que absorban dióxido de carbono. Pero preferimos seguir con el fetiche del cemento, el adoquín por todos lados, con la obsesión por las pistas anchas y las plazas duras, peladas donde no crece ni una brizna de pasto.
Miren el Parque Selva Alegre, uno de los pocos pulmones verdes del centro. Caminar allí un día de calor es sentir la diferencia inmediata. La temperatura baja varios grados bajo la sombra de los árboles.

El aire se siente más limpio, más fresco. Eso es lo que hacen las áreas verdes. No es magia, es ciencia básica: los árboles generan microclimas, reducen la temperatura ambiente hasta en 5 grados, filtran contaminantes, absorben ruido, mejoran la salud mental.
Pero Arequipa sigue creciendo al revés. Cada proyecto inmobiliario se come un pedazo de campiña. Cada ampliación de pista arranca árboles para meter más carriles. Cada plaza que se “moderniza” pierde sus jardines para convertirse en planchas de cemento con bancas de fierro que arden al sol.
Todo bajo la excusa del progreso, como si las ciudades modernas no fueran justamente las que plantan más árboles porque ya entendieron que el cemento mata.
El cambio climático no es un cuento. La radiación solar se incrementa cada año. Las temperaturas suben. Y Arequipa, con su altura, su cercanía al sol, su clima seco, está entre las ciudades más vulnerables.
Necesitamos áreas verdes no como un lujo sino como medida de salud pública urgente. Cada árbol que plantamos es un escudo contra el cáncer de piel, contra el golpe de calor, contra la contaminación que ya nos mata.
Y no hablo de proyectos faraónicos. Necesitamos árboles en las veredas, jardines en las bermas centrales, parques de barrio con pasto de verdad. Necesitamos que cada distrito entienda que plantar árboles es inversión en salud.
Que la Municipalidad Provincial deje de arrancar árboles para arreglar pistas y empiece a plantar en cada espacio disponible.
Hay especies perfectas para nuestro clima: molle, tara, vilco, qolle. Árboles nativos que no necesitan mucha agua, que resisten la sequía, que crecen incluso en condiciones adversas.
No hay excusa para no plantarlos. Pero falta voluntad política, falta entender que esto no es embellecimiento urbano, es supervivencia.
Nos estamos convirtiendo en la Ciudad Gris
Los arequipeños nos jactamos de vivir en la Ciudad Blanca, pero estamos convirtiendo a Arequipa en la Ciudad Gris, la Ciudad Fósil. Gris de cemento, gris de contaminación, gris de falta de vida. Y mientras seguimos en esa ruta, el sol nos sigue castigando, recordándonos que la naturaleza no perdona la arrogancia humana.
Plantar un árbol no soluciona el cambio climático. Pero mil árboles, diez mil, cien mil sí pueden marcar la diferencia entre seguir friéndonos en las calles o recuperar algo de frescura. Entre seguir acumulando casos de cáncer de piel o proteger a nuestra población.
Entre ser una ciudad que se adapta al futuro o una que se queda atrapada en el pasado.
La decisión es nuestra: o plantamos árboles como si nos fuera la vida en ello, o seguimos construyendo nuestro propio horno.
El sol no va a dejar de quemar. La radiación no va a disminuir. Lo único que podemos hacer es crear sombra. Y para eso, necesitamos árboles. Muchos árboles. Pero ya.
