Por: Carlos Rivera
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Alma Matinal… Han pasado ya varios meses de tu partida. He llorado tu muerte como un moribundo hijo que pierde a su padre y ahora debe resguardar con dignidad la gran hazaña de su mentor y guía literario. Mis lágrimas han brotado sin misericordia de mis lacónicos ojos mientras mi cabeza repasaba tu presencia de Centauro en cada hora de mi vida.
Ahora que estás en el Parnaso, conversando con Dante, Cervantes, Shakespeare, Borges, Vallejo, Verlaine, Rimbaud, Tolstói, Flaubert, tal vez por fin puedan resolver el verdadero misterio del poder de la palabra más allá de los tiempos.
Alma matinal: El poder de la palabra y la eternidad del escritor
Esa cosa llamada eternidad. O hablar en franqueza de los maestros que templaron sus fibras. Decía Umbral: “Sólo robando de otro se aprende a escribir, y por eso la literatura está entre los delitos comunes.”
Un poco caníbal, un tanto parricida y tú, Mario, alumbraste tu genialidad desde las orillas de tu evidente crimen que debiste resolver con la edificación de tu propia sombra, tu propia luz y tus insuperables voces.
No creíste nunca en las teorías de los procesos normales de un escritor, te asqueó el provincianismo, el resentimiento, rompiste todas esas reglas y saltaste al mundo contra toda opinión “profesional” y de aquellas mayorías que culpaban a las limitaciones, pero estas no estaban escritas para tu destino.
Pudiste afincarte en la capital limeña, pero elegiste dar el paso al mundo sin atascamientos innecesarios o culpando al resto de tu oficio. Caminar de la mano de tus camaradas del boom, devorarte cada pedacito de nacionalidades, de las lenguas universales que dieron mayores descubrimientos a tu arte.
Y todo aquello para revelarnos una nueva obra, que, a pesar de tu cosmopolitismo y novelista trotador de mundos, nacían de tus raíces, de sus conflictos de raza, cultura, poder y sus raigambres históricas. Por eso dijiste: “Puedo agradecer a mi país, a lo que yo soy como escritor, el Perú me ha dado las experiencias de lo que escribo.”

El resentimiento de tus compatriotas es olímpico y casi patológico, estoy seguro que seguirán con sus fobias y culpando sus fracasos y angurrias por la envidia que forjaste al ser un escritor que lo alcanzó todo.
Esos dolores aún conducen una insana costumbre de rencores contra un forjador de mundos que se entregó a la literatura con todas las ganas de su vida y el fuego de su apasionado corazón. Como “Roger Casement” y su aventura de fuego o como “Ricardo Somocurcio” ante la piel de la “Chilenita” o el “Pantita” entregado con soberbio formalismo a cumplir el deber de su vertical institución.
Y en ese periplo de 66 años ante el declive de tu vida, cavilando tus últimas horas en familia, las fuerzas ya no eran las mismas, por eso colgaste la pluma y te abrigaste del calor familiar para despedirte con dignidad. Nadie sabía nada y pensábamos que era un juego de ficción y realidad de tus obras, y era un homenaje de despedida a aquellos lugares que abrieron tu mente para encumbrarte como un novelista de fuego inmortal. Le debías tanto a tu patria que hasta regalaste tus libros a la ciudad que te vio nacer.
La dolorosa ausencia de tu radiante prosa será mi larga pena del fin del mundo, como unas pobres travesuras, una desolada catedral, unos cachorros muriendo, una desamparada casa verde, un paraíso sin esquina, unos jefes abandonados, una fiesta sin dictador.
A ti, hablador de mundos, te dedico mi silencio y me iré como un pez en el agua a resguardar tu legado literario de una orgía perpetua donde tus palabras serán mis armas para luchar contra los arrebatos de la tribu y volveré a llorar tantas veces tu muerte como tu gloria, tú, mi gran héroe discreto.
